Llegó mayo disfrazado de agosto, blandiendo una calor que no es suya y asfixiándonos cuando aun no estábamos preparados para ella. Por eso, a pesar de no ser todavía 40, dejamos el sayo en casa, nos enfundamos nuestras mejores galas y acudimos en peregrinación a la Iglesia a esperar a que el marinero huyera de ella, y poder felicitarlo por su recién comunión. Enhorabuenas envueltas en calima y besos calurosos para Marco y la familia, y reencuentros cargados de vergüenza e inseguridad antes de partir, buscando un lugar más fresco.
Bienvenidas de cerveza y vino, y bandejas que pesaban menos conforme hacían su ronda. Un festín de besos, abrazos, charlas y presentaciones. Viejas amistades unidas por una celebración, y todos dispuestos a pasarlo bien a pesar del tiempo. Fotos para el recuerdo, y recuerdos que revivíamos, ahora sin miedo. Vidas pasadas, de unos y de otros. Pasado y presente conviviendo juntos aquel día. El futuro, ya se verá. Lo que fuimos y lo que somos. Quiénes fuimos y quiénes somos. No sé si mejores (espero que si), pero más maduros (eso seguro), y sonrisas, muchas sonrisas, seguros de que la vida nos ha tratado bien, y que la felicidad que desprendemos, es la que merecemos. La música nos acompañó, refrescada por el hielo que jamás faltó en nuestros vasos, y entre confesiones inconfesables y largas conversaciones, pasó el tiempo, apenas sin darnos cuenta. Para entonces, la noche había difuminado la calima, ahogado la calor, y tuvimos que abandonar aquel lugar, con más ganas que fuerzas. Fue otro día inolvidable, en el que estuvimos los que debíamos, a pesar de las ausencias, y la felicidad de sus mujeres fueron el mejor homenaje que le podían dar. Porque él, al igual que esta comunión, no merecía menos.