Magia y efectos especiales

Miles de piernas tapaban las escaleras que daban acceso al recinto dónde veríamos la despedida, mientras un autobús con su nombre en el luminoso observaba todo con la tranquilidad del que viaja con ellos a diario y conoce todos sus secretos. Si la ilusión y las ganas son proporcionales a la cantidad de gente que va a ver un concierto, allí había mucho de todo y aunque la organización dejó que desear, con fallos y retrasos a la entrada de los que debían acceder al espectáculo, el concierto empezó casi en hora. Repasaron todo su trabajo, desde el primer al último disco, y como de un tiempo a esta parte, con Izal, los primeros sonaron mejor, arrancando del público los gritos, saltos y la emoción, que han ido perdiendo conforme han madurado como banda. Eso se reflejó en el tempo del concierto, que nos subía a lo más alto para después dejarnos caer al abismo de la tranquilidad. Una montaña rusa en la que faltaba chispa y un mal sonido desde la pista. La voz de Mikel no sonó clara y los diferentes instrumentos se solapaban, restando calidad al espectáculo. Aun así, las masas enloquecimos con los temas de siempre, y el espectáculo de luces y pantallas que los escoltaban, les dieron un toque de buena banda. Tres momentos a destacar. El inicio, con una batería de temas enlazados, para prender la mecha, aunque jamás llegaran a estallar; la versión de “Pausa”, en la incrementaron guitarras y batería para darle esa potencia que echamos de menos en el resto del concierto; y como no, el cierre, con la eterna “La mujer de verde”, en la recordamos a aquel Izal de los inicios, dónde sorprendieron con un sonido y potencia diferente al resto. En resumidas cuentas, esperaba más de una banda que tanto ha dado al indie. Pudo estar mejor y aun así, no estuvo mal. Una despedida agria y un concierto con poca magia y demasiados efectos especiales.

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