Descendieron a la Planta Baja para encumbrarse en Granada.
Nos cerraron La Oficina y tuvimos que improvisar. Llegamos a cuentagotas a un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme, al que no regresaremos, y rozando la hora, aterrizamos para disfrutar del concierto. Primera fila para ver a unos Neverland Bari, de los que esperábamos mucho, y el mucho se quedó corto. Tres guitarras, un bajo, un batería y un sonido limpio, claro, encajado a la perfección. Las guitarras muy guitarras, agitando las letras de sus canciones, hablando cuando la voz se callaba, y acompañando cuando la voz cantaba, siguiendo el ritmo de una batería que no decaía ni desfallecía, y todo unido por un bajo que marcaba los ecos de sus acordes, sin florituras. Ensamblaje perfecto, para unos temas que ya casi nos sabíamos de memoria. El cantante levantó al público, haciéndonos participar en más de una canción, coreando estribillos y jugando con las letras de algunos de sus temas. Sonido atmosférico, con tintes distorsionados, que nos recordaron a Supersubmarina. Más aún, en la voz de su cantante, que en algunos de sus tonos, bien podría pasar por El Chino. Y así, con sus melodías enérgicas, con sus buenas letras y su directo currado, esta banda emergente, se comportó como las grandes. Por eso se bajaron del escenario, más cerca de conseguirlo.