Ahogando el aire entre aullidos sin respuesta, desahogamos el Alma para que pueda descansar tranquila. Avanzamos hacía adelante intentando soltarnos de un ayer que nos intenta lastrar porque tiene miedo a que lo olvidemos. Nos araña para dejar marcas y así estar siempre presente, hiriéndonos lentamente, intentando que nos desangremos de recuerdos para que perdamos la vida que aún nos queda por delante. Pero no. Creíamos que nos arrastraría la corriente, que nos llevaría al precipio, pero nada de esto ocurrió. Ni tú, ni yo. Nadie sabrá nunca la verdad. Ahora me he convertido en anhelo, en deseo, en Luz, en todo aquello que soñaba y que jamás me atreví a ser, porque soy justo aquello que querias que fuera pero que no permitías que existiera. No necesito permiso, ni siquiera para llorar. Porque entre pataleo y pataleo, resurge la felicidad, aunque hay veces que vuelva «allí, donde solíamos gritar»