Fue desde muy temprano. Bostezaba aún el día con los ojos entreabiertos para retener a la Luna junto a él e impedir al Sol que la espantara. Pero no pudo impedirlo y la luz se adueñó de todo, poniendo en marcha de nuevo, el tiempo que paramos con el sueño. Comenzaron las horas a caminar, poniendo orden en nuestro día, ubicando cada cosa en su lugar y nombrando nuestras obras. Rutina la llaman, obligación impuesta para poder sobrevivir en un mundo que a ratos, se nos antoja maravilloso, aunque las noticias y algunos que nos rodean, se empeñen en hacer que parezca peor. Paso inexorable, por mucho que nos empeñemos en pararlo, aunque sólo sea un segundo, pero los minutos no se dejan engañar y continúan su marcha sin mirar atrás. Son ellos los que rellenan las horas, las que las llenan de sentido y de valor, parándole los pies a aquellos que pretenden que sean más de sesenta. Bastante tienen con soportar a los segundos, pequeñas criaturas que lo ocupan todo. No se le da importancia que tienen, tal vez por creernos que al ser tan efímeros, tan sumamente cortos y rápidos, no sirven de nada. Otra mentira más de la vida, porque sin ellos, el tiempo no existiría y vagaríamos por la vida, sin principio ni final. Tal vez eternos o tal vez inexistentes, inconclusos o finitos. No sabemos qué, porque a falta tiempo contable, los bucles se harían con el poder, sumiendo todo, en un infinito infinito. Bendito el espacio que nos acoge y bendito el tiempo que nos devora. Con él empezó todo y sin él, acabará…