Camas

Huele bien, todavía a niño. No le queda mucho para abandonar este estadio y saltar al siguiente, allí donde los sueños empezarán a perder fuerza, robados por la realidad, esa que le enseñará a mentir para que duela menos. Dejé atrás un miedo por saberlo débil e indefenso y me invade otro, por imaginarlo lejos e independiente. Eran coches empujados por él y dibujos en la tele tan simples como sus razonamientos, los que le hacían feliz, los mismos que ahora le aburren, porque ya es mayor. Pantallas luminosas entreteniendo el día y auriculares para darle la privacidad que lo sumerge en la soledad que tanto le gusta. Ya no necesita que le preparen la merienda, y aquellas duchas en las que los dos acababamos empapados, se fueron por el desagüe. Piensa y decide, sabiendo prefectamente lo que le gusta y lo que no, teniendo una personalidad propia, que seguro, lo llevará lejos. Siguen pasando los años llevándolo de la mano, haciéndolo crecer sin remedio y ocupando cada vez más espacio de mi cama, de la que va empujándome lentamente, hasta dejarme arrinconado. Se hará hombre, sin duda, pero para mí nunca dejará de ser, ese niño, al que tanto le gusta dormir con su padre…

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