No era Graná quién nos debía dar cobijo hoy así que cambiamos Alhambra por Mezquita. Partimos de mañana buscando esa mujer que lleva desde siempre tumbada y no sabemos si algún día se lenvantará. Nos recibió el sol y la calor, abriendo camino a la sed y buscamos refugio entre las calles estrechas de la Juderia. Sólo allí el sol no se atrevía a entrar, porque sus rayos perdían la fuerza al transformarlos en sombra las paredes blancas. Un mar de gente que no mojaba, recorría las callejuelas en busca de un patio que admirar mientras el murmullo constante de la vida se mezclaba con bares y tiendas, donde vendían trocitos de Córdoba en forma de souvenirs. Cruces e intersecciones, y detrás de algunas puertas, pequeños jardines, cuajados de flores que adornaban rejas y ventanas, y mientras las enredaderas trepaban por las paredes, las macetas cubrian los suelos empredrados desde donde las fuentes nos hablaban con el rumor del agua. Dejamos atrás el aroma que no pudimos fotografiar, la verdadera esencia de los patios y nos encaminamos a un restaurante donde nos volvimos a sentir importantes. Conversaciones reservadas, entre sardinas y anchoas, para dar paso a unas berenjenas que sin salmorejo, no serian las mismas. Vino, para acompañar a la última parte del toro, que trajo consigo solomillo y chuletón. Postres a la altura del resto de la carta, y que ninguno se atrevió a no probar y un jarabe de pasas que nos empalagó tanto como nos gustó. Servicio de ricos para gente corriente entre las cuales no nos encontrabamos nosotros. Acabamos en la bodega, teniendo en nuestras manos vinos tan viejos como nosotros. Seguimos unas murallas que ya no defienden hasta acabar en el río y tras un paseo, ya cansados, la tarde nos envió de vuelta a Graná, donde las cruces se habían celebrado sin tenernos en cuenta…