Comenzó el verano con un final, y este final sólo fue otro principio. La rueda infinita de la vida aunó dramatismo y libertad, sacando a flote algunas verdades, muchas mentiras y dejando claro que los manipuladores no eran los que se decían que eran. Retorné a la vida que nunca debí abandonar, reencontrándome conmigo mismo. Ahora vuelvo a la tranquilidad de mi hogar, sin más obligaciones que las que yo me impongo, sin más preocupaciones que las que mi vida me otorga. Solo y feliz, veo el rincón iluminado por la lámpara de sal, rojiza, tenue, pacificadora de un día duro, relajando el comedor y sus alrededores. Mi mente, que nunca descansa, siente esa felicidad que ahora me atraviesa. Veo la persona que soy, reconociéndome en mis errores, definido por ellos, imperfecto. Y aun así, me gusta como soy, lo que soy. Toda la vida sobreviviendo, y a estas alturas, pienso con una sonrisa en la boca en todos los viajes que jamás haré, en todos los restaurantes a los que no iré, en todos los sueños que nunca cumpliré. Planes imposibles a lomos de una ilusión que tira de mi para seguir luchando por ellos. La sed y el hambre invisible que me mantienen vivo. Insaciables, inagotables, irreductibles. Por eso, en un verano de principios y finales, he vuelto a encontrar lo más importante: a mi mismo, lleno de vida, algo roto pero tranquilo. Y quien me conoce, sabe que no quiero más, solo estar mejor. Miro en mi interior, rebusco, hurgo, tratando de encontrar las respuestas, y vuelvo a sonreír. Porque tengo algunas, porque seguiré buscando otras, pero siempre dentro de mi, que en el exterior no me conocen como yo, y además hace frio…