Parece que fue ayer, pero han pasado 15 años ya. Caminamos juntos por la calle. No va de mi mano. Ya no necesita la vigilancia de antaño, aunque mi preocupación siga siendo la misma, pero a él no se lo digo. Ha aprendido a defenderse, a pensar, a decidir por él mismo, siguiendo tal vez, lo que ha visto de mí, pero con iniciativa propia, con ideas propias, con decisiones propias. Habla conmigo mientras caminamos, contándome lo que él quiere contarme, nada más, porque el resto, como de todos, pertenece a su intimidad. Secretos que tuve y que ahora le toca a él guardar. Camina a mi lado, mirándome desde las alturas, porque ya me sobrepasó, desde ese lugar desde el cual yo lo miraba no hace tanto. Casi metro ochenta de felicidad, de bondad, de ganas, de vivir, de mejorar, de querer seguir creciendo. Y crece, por días, no sólo en altura, en ese tipo de persona en la que se ha convertido. Atrás quedó el niño, y el adolescente está a un paso, de convertirse en un hombre. Caminamos, cada vez más cerca del gimnasio. Hora y media de ejercicio, hora y media de compartir lo que tanto deseaba compartir con él. Padre e hijo, amigos de tantas cosas. Y sonríe, orgulloso de su padre, de tenerme junto a él. Lo que no sabe, es que la mayor sonrisa y el mayor orgullo, lo siento yo, al poder estar a su lado…
PD: A mi hijo, Santi, por ser sobre todo, buena persona. Eres capaz de lo que te propongas y eres mi mayor orgullo.
Precioso , orgullo de PADRE orgullo de HIJO.