Nos asomamos a la garganta intentado ver el final del precipicio y nos sorprendemos con la altura. Creímos que era menos pero asusta lo que vemos. Y aún así, armados de valor y sin dejar que el miedo coja las riendas de nuestras decisiones, sacamos los pies dispuestos a saltar, a asumir el riesgo del que sólo nosotros seremos responsables. No culparemos a nadie de la victoria ni nos quitaremos mérito si nos estrellamos, tan sólo disfrutaremos de la caída, procurando no chocar contra los salientes y rezando, para que el paracaídas se abra antes de tocar fondo. Será el camino por recorrer o el que algunos ya hemos recorrido, pero lo cierto es que el vértigo va desapareciendo y cuando creías que ya nadie podría sorprenderte, te sorprendes al ver como el dolor se transforma en perdón aliviando almas atormentadas, arrancando las lágrimas contenidas que anegaban todo tu ser. No, no vienen de donde esperabas. De ahí sólo brota silencio, consumiendo los días en una vendetta contra uno mismo, escudado en la diferencia de mi forma de ser, de pensar y de sentir, pero sobre todo, en una lucha continua por mantener alejado de todos, al oscuro pasajero…