Enola Gay

Destrucción. Aniversarios que nunca debieron existir porque nos recuerdan cuanta maldad puede albergar el ser humano. Fué Hiroshima testigo de como la ley del Talión acabó por descomponer la poca humanidad que nos quedaba. Muerte por muerte, como si de un juego se tratara, segando las vidas de inocentes al instante, ahorrándoles el sufrimiento de los que quedaron heridos de por vida. Hoy recuerdan a las víctimas de aquel ataque los que provocaron la masacre, en un intento por recuperar la Paz y la dignidad, tantos años después, pero sin que de sus labios salga un «perdón», que ayudaría más que tanto discurso. Sólo hizo falta una bomba, un «pequeño niño» que dejó desierta de vida toda una ciudad, que viajaba a bordo de un avión, al que unas Maniobras Orquestales en la Oscuridad, pusieron música para que jamás olvidaramos que trae el rencor y sus consecuencias. 18.15, «la hora que siempre había sido», y la tierra se iluminó de muerte y miseria, dando la espalda a un cielo que miraba impasible, como el Enola Gay, dejaba escapar de su vientre, la primera bomba nuclear…

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