Es el arrepentimiento la excusa de una decisión mal tomada.
Palabras que se dicen con la seguridad de aquel que confía en la tranquilidad de una vida casi perfecta y en la que no quería añadir nada más. Pero el descubrimiento de algo interesante suele hacer cambiar de opinión, desdiciéndose de las premisas que aclararon el camino y que ahora son los muros que no dejan avanzar, creando una sensación de impotencia y de rabia contenida, por no dejar rascar más allá. Es fácil brindar al viento nuestros pensamientos, pero bastante más difícil, mantener su vuelo.
Se reparte el tiempo dos vidas, con los mismos miedos, con los mismos anhelos, mismo punto en común. Vierten lágrimas por lo que pudieron haber hecho y no hicieron pero sobre todo, pero lo que sí aguantaron y no debieron. Sueña su mente con lo que pudo ser y jamás será, con el resultado de una decisión que nunca tomaron. El futuro improbable contra el presente más cruel. La felicidad del comienzo apagada y transformada por el paso de los años, que han ido cambiado el guion de unas vidas que soñaron con volar alto y que hoy luchan por aterrizar de pie. Vencedores y vencidos, comiendo en la misma mesa, luchando por ver quien recoge los platos rotos.
No se detiene el tiempo por nadie, ni espera. El ritmo constante de la vida, nos hace urgentes de los días, teniendo que decidir mucho en poco, obligando a elegir cuando no tenemos nada claro , o sí. Pero los cambios son inminentes, y las decisiones tomadas se vuelven erróneas o acertadas, dependiendo del momento en el que vivimos y de los sentimientos que nos invaden. Y en medio nosotros, discutiendo como salir ilesos de la guerra para poder vivir en paz…