Petardos sin macetas

Se marchita la juventud. Ya no trepamos a los balcones para cambiar macetas por ilusiones, ni huimos a la carrera de las casas donde el tesoro más preciado eran las flores ajenas. Dejamos atrás años en los que el silencio era nuestro mejor aliado y unos hombros amigos, nuestras escaleras. Noches en las que la Luna era nuestro compiche en un intento por conquistar el corazón soñado. Unas manos manchadas de pólvora de liar los petardos, que un Sábado Gloria y un Domingo de Resurrección habrían de acompañar al Hijo y a la Madre, regalaban deseos a las niñas que antes o después, se transformarían en mujeres y quién sabe, si en la novia deseada. Un suelo mudo, acogiendo en su regazo, los petardazos que le propinamos, levantando cortinas de humo para que la luz no robe la belleza de un niño, que lleva toda una vida Resucitando y al que jamás, le pusimos una maceta…

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