El pecho quiere huir de mi cuerpo. Mi corazón late bombeando toda la sangre necesaria para mantener el ritmo a la vez que expulsa todo el agobio y la quemazón que llevo por dentro. No logro comprender como el camino me llevó hasta aquí lo mismo que la gente no comprende a ese loco que pasa a su lado respirando ruidosamente, buscando con ahinco, el aire que imploran sus pulmones para seguir corriendo. Cada zancada me aleja del dolor y me acerca cada vez más a mí, al inevitable reencuentro con mi verdadero yo, aquel que huyó a los cuarteles de invierno, aletargado, esperando que la tormenta pasara. Siento por momentos mis piernas más cargadas, pero como en la vida, no me rendiré. Un poco más y luego más, sudando tristezas e inspirando alegrías, corriendo a través de la libertad de una carrera que me ha de llevar de nuevo a lo más alto, alli de donde jamás debí bajar. Sudo, jadeo y me cuesta no decaer. Zancada trás zancada, miro al horizonte, me lleno de vida y los pensamientos se agolpan en mi cabeza. Es el agobio que propina el cansancio. Kilómetro a kilómetro, me acerco al final, ese que me dará el respiro que ahora me cuesta encontrar, ese que asfísia mi mente y mis pulmones. No está mal después de tanto tiempo. No está mal para el primer día de un nuevo comienzo…