Punto y seguido

Calles cortadas poniendo trabas a nuestro desembarco en Pamplona. Llegamos de noche y la multitud se agolpaba en el parque para ver toda la belleza que la pólvora puede trazar en el aire. Un castillo de fuegos artificiales coloreando el cielo donde hasta las estrellas, dejaron de brillar. Blanco y rojo, el camuflaje indispensable para parecer un Pamplonés y ganas de compartir una fiesta y una tradición que atrae a tanta gente. Nos lanzamos a las calles con ganas de descubrir y de compartir, y nos recibió una marea de gente, cubriéndolo todo. Música por las esquinas invintándonos a bailar a cada momento. Bebida sin descanso y una gente tan educada como simpática. Entre bailes y cubatas diluimos la noche y nos dispusimos a guardar sitio para ver el encierro. Horas de cansancio a lomos de unas tablas tan duras como el tiempo que pasamos sobre ellas y todo quedó en el olvido cuando toros y corredores, desfilaron ante nosotros. Un espectáculo que por fin vivimos sin una pantalla de por medio. Rendidos y cogidos de la mano de la mañana, regresamos al piso a dormir de día lo que de noche no pudimos, y poner así punto y seguido, a un San Fermín, al que aún le quedan unos días…

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