Y ocurrió así…

No era un concierto más. Traía consigo el regreso de muchas cosas. La casi normalidad, los aforos completos, escuchar música de pie, las ganas de saltar, de volver a vibrar, de desenfrenar las ganas, y como no, volver a verlos después de la última vez, que por caprichos del destino, fue justo aquí mismo, en La Industrial Copera, hace más de año y medio. Con León Benavente nos confinaron y con León Benavente, regresamos. Por eso no era un concierto más, ni lo fue.

Bajo la atenta mirada del reloj parado aquel día, arrancaron con Cuatro Monos, carta de presentación de ellos mismos y declaración de intenciones de lo que había por venir. Ritmo lento-medio para abrir boca, arropado por la guitarra casi punk y una batería sosteniendo todo el espectáculo. Repasaron casi al completo su último trabajo, y casi nos volvimos locos, intercalando temas de sus anteriores trabajos, encajando todo, con certera maestría. No eran canciones sueltas elegidas al azar, fue una historia narrada entre canciones que todos conocíamos, y que tarareamos animados por una banda que creó un espectáculo de luces y sonido, dónde primaron los sentimientos de aquellos que tocaron y los que tuvimos la suerte de verlos. Una comunión perfecta con un denominador común: las ganas.

Sobre el escenario, Abraham lo dio todo. Con sus poses calculadas y su característica voz cantó, narró y recitó, las letras de unas canciones, a las que arrancó todo su significado. “Mano de santo”, “Gloria”, “La piedra que flota” “Niño futuro”… un recorrido que fue in crescendo, culminando con “Ser brigada”, himno, y salto y seña de la banda y sus seguidores. Aquello fue un homenaje a la música y sus artistas. Y aunque el reloj siguió parado, nuestro corazón, volvió a latir…

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