Gatos

Tarde, y ya es noche cerrada. Cubro el cuello con una braga, la cabeza con un gorro, y el cuerpo con mallas y camiseta térmica. Ajusto el frontal que ha de guiar mis pasos y alumbrar mi camino, y pongo en marcha mi cronómetro. Es hora de correr.

Empiezo despacito para calentar y coger ritmo, sacudiéndome el frío a cada zancada que doy. Y como en la vida, me siento más cómodo a medida que avanzo. Recorro el parque de un extremo a otro, y voy buscando la Vega, inhóspita, solitaria y fría en invierno, transitada, concurrida y refrescante en verano. Mi respiración coge ritmo, velocidad de crucero, marcando el paso de mis zancadas, un baile entre piernas y pulmones que me han de llevar y soportar varios kilómetros. Abandono el asfalto y toco tierra. Uno, uno, dos. Uno, uno, dos. Ritmo constante, y el sonido de mis pisadas sobre la tierra del campo. A mi izquierda, la parlanchina e iluminada autovía, que me acompaña con el murmullo constate de los coches que la pisan, e ilumina algunos rincones por los que corro. A mí derecha, la silenciosa y oscura Vega. Inmensos campos que alimentan mi tranquilidad y esa paz que encuentro cuando salgo a correr. Sobre mí, un cielo inmenso, infinito, oscuro sin luna, radiante con ella, seco sin nubes, húmedo con ellas.

Transpiro, pero ni el frío convierte ya mi sudor en más frío. Mi cuerpo se calienta, exhalando un vaho que me envuelve. Una pequeña pendiente me indica que en breve habré de girar a la derecha. Y vuelta al asfalto. Un camino a la vera del río, mitad acera y mitad carretera. Abandonado desde hace mucho, la carretera es un enjambre de baches, hondonadas provocadas por los mordiscos que el agua ha ido dando al asfalto, con el paso de los años. A mi izquierda ahora queda el río, silencioso, casi seco. Sólo el escucha el triste decrepitar de un pequeño hilo de agua, que sobrevive a duras penas.

En aquella oscuridad, mi frontal es mi faro, que me descubre dos pasos antes, lo que encontraré, dos pasos después. Se mueve al son de mi cabeza, alumbrando sólo lo necesario. Me cruzo con matorrales, que esquivo sin problema, y alumbro a lo lejos, más allá de los siguientes dos pasos, y entre la oscuridad, diamantes, pares de luces inertes, que se hacen más grandes a medida que me acerco. Algunas desaparecen, otras seguirán allí cuando llegue. Son gatos, valientes felinos que retan a la noche, al frío y la soledad, quizás esperando cazar algo, tal vez espiando a todo aquel que pase por allí. O a lo mejor aguardando el momento de saludarme, pero cuando no los vea…

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