No me dan miedo las alturas. Por eso subí seguro a la escalera para limpiar los altillos del armario y las cajas que reposan sobre él. La capa de polvo que descansaba sobre ellas, no era proporcional al tiempo que llevaba sin limpiarlas, porque no hacía tanto que la había limpiado, creo… Tal vez lo proporcional es el olvido y las pocas ganas de hacer algunas cosas. Y entre polvo, alturas y olvido, la encontré. Una caja de zapatos, sin zapatos. No recuerdo cuándo la puse ahí, pero estaba, con mi diario por bandera, aquel que comencé a escribir cuando la madurez parecía que jamás llegaría. Nombres de chicas por doquier asaltando mis días. Ya era un enamoradizo sin remedio. Los días contados por mi puño y letra para que no se perdieran, quizás el germen de lo que hago ahora, tal vez por entonces con menos idea pero con la misma pasión. Y junto al diario, cartas, de las de sobre y sello, de aquellas que esperábamos con impaciencia, que leíamos, y olíamos, porque olían a la colonia que poníamos junto a las palabras. Cartas lejanas, o cercanas, de novias y amigas. Confesiones de noches sin dormir, junto a postales y fotos. Declaraciones de amor escondidas bajo la máscara de la amistad y amores confesos de novias que dejaron se serlo. La vida y los recuerdos de un adolescente que alcanzó aquella madurez que veía tan lejana. Y todo guardado en esa caja de zapatos. Que poco ocupa la vida…