Los resucitados

Todo comienza con la Luna, la primera Luna llena de primavera. Tras ella, una cuenta atrás que acabará en estruendo. Estruendo de rabia contenida durante tantos años, por lo que deseábamos hacer y lo que nos permitían. Pero este año, el Niño vuelve a las calles. Vuelve a llenar de vida la casa del mayordomo, que será refugio de todos los fieles que queremos ver a la Madre y su hijo. Vuelve a iluminarse la noche del sábado, preludio de la mañana de domingo. Bengalas  alumbrando el trayecto de vuelta, luz artificial para que no se pierda y den vida a una noche cómplice del traslado. Estallarán los castillos a su paso, entre vítores y lágrimas, y romperán a llorar los corazones después de tanto tiempo esperando ese momento. Arderá de nuevo el traidor, siempre el mismo, siempre Judas, pero esta vez deseoso de hacerlo, porque hasta para él, este tiempo ha sido largo. Amanecerá sin remedio, y sin lluvia;  con ganas, con pañuelos, con petardos entre las manos. Repicaran las campanas, resonaran los gritos, estallará el suelo y salpicaran los chinos. Reventaremos de ilusión hasta el último de los petardos entre sonrisas y lágrimas, mientras el Niño y su madre, vuelven a reverenciarse. Porque a pesar del tiempo, no hemos olvidado la tradición. Al contrario, ha crecido en nosotros cómo una llama incesante, esperando el momento de volver a prenderla, acumulando toda la pasión y condensándola en este próximo Domingo. Ya resuenan a los lejos la ilusión de todos los que hemos estado callados este tiempo, y que ahora podemos volver a la vida, como hace nuestro Niño, año tras año…

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