Llegó la evolución para mejorar la razas, y entre ellas, la humana. Nos atropelló el progreso, y subimos de nivel a pasos agigantados, dejando atrás a los demás animales y nos hicimos los dueños del mundo. Creímos que el progreso nos haría mejores, o por lo menos, de eso se trataba. Pero los años, y ese mismo paso del tiempo que nos hizo mejorar, trae consigo retrocesos. En un tiempo en el que estamos más conectados que nunca, nos comunicamos menos. La relaciones interpersonales, han quedado relevadas a un segundo plano. Nos cuesta mantener una conversación cara a cara, mirando a los ojos, y preferimos un móvil para hablar. Audios que surcan el aire cuando podríamos tomar un café juntos y sentir cerca nuestras presencias. La gente nos molesta, las personas nos estorban, y preferimos tener mascotas para suplir las carencias afectivas que nos producen esta desconexión humana. Hemos retrocedido tanto en nuestra evolución, que nos preocupamos más de perros y gatos, que del vecino. Ahora duermen en nuestras camas, se tumban en nuestro sofá, y los cuidamos como a nuestros hijos. Les damos el papel de humanos, mientras deshumanizamos a la personas. Les damos todas las atenciones. Todas las que no damos a la gente que nos rodean. No, no es que no me gusten los animales, pero me gustan y me preocupan más las personas. Ahora que un estudio revela que en los hogares españoles se tienen más mascotas que hijos, quizás sería el momento de hacernos reflexionar, si de verdad hemos evolucionado…