Lejos

Quedaba la distancia tan lejana, que tuvimos que hacerla en avión. Viajes de ida y vuelta, al comenzar y terminar la semana, aunque a estas alturas, ya no tengo claro cuál es cuál. Porque entre tanto kilómetro pierde uno la noción de cuando voy o cuando vengo. Bordeamos la costa, iluminada de noche, mostrando su contorno, desnudo, sin vergüenza, cómo la bailarina que seduce pero no se deja tocar. Casi invisible de día. Casi, porque si te fijas bien, podrás ver la misma silueta, pero esta vez sin artificios que enmascaren la sensual belleza de la tierra que plasman los mapas. Una tierra que se hace pequeña bajo la altitud de nuestro vuelo, que avanza suspendido en el cielo, colgado del aire que lo transporta de Granada y Barcelona y viceversa. Aviones cargados de pasajeros e historias. Trabajo, placer, o ambas cosas a la vez, todas incluidas en la ambigüedad de los vuelos que surcan el cielo. Y el cielo, infinito hacia arriba, frontera con el horizonte hacia abajo. Y cuánto más bajo, menos infinito. Llegamos a nuestro destino, aquí o allá, depende del día, pero allí, aún estando cómodo, no es aquí, y las cosas no huelen igual, no saben igual, no me siento igual. El viento no suena del mismo modo, el frío no hiela igual, por muy Pirineo que sea, ni tan siquiera la lluvia moja del mismo modo. No, Figueras no es Granada, y aquello queda tan lejos…

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