Olía a julio no hace tanto, a jornada intensiva, a indeseables madrugones, a siesta, a calor, a gazpacho y salmorejo, a días largos y noches cortas; olía a verano feliz después del final, a paz y tranquilidad, a nuevas citas, perdón, quedadas, para no asustar a nadie, y olía a planes que habrían de llegar, ilusiones que fuimos cumpliendo y tachando a la vez de la agenda. Se ocupó agosto de mantener el ritmo y de rellenar nuevas fechas con más planes, agrandando la sonrisa y las ganas de vivir. Y a estas alturas, queda mucho por hacer. Volvió a demostrar la vida, que basta con un poco de ganas, para conseguir mucho. Que la chispa adecuada funciona tanto para incendiar y quemar todo lo malo, como para prender la luz de nuevos comienzos. Nunca la cobardía tuvo la fuerza de empezar algo, ni la indecisión, menos aún el miedo.
Olía a julio, y estaba seguro de quien era, de quien soy, incluso en agosto, pero ahora que septiembre tiende a evaporar lo que queda de verano, los ilusión sigue intacta, mordiendo las ganas con fuerza, en su afán de tocar la felicidad con los dedos. Y la noto cerca. Tanto, que podría hacerse pasar por mi. Porque no hace falta mucho más: un puñado de planes, una pizca de ilusión y no vivir eternamente de otoño.