Abro comillas.
Tras ellas, una historia cualquiera, como la tuya o como la mía, y todo literal, que para eso hay comillas. Lo que dicen unos, lo que entienden otros, pero una historia. Cargada de interrogantes (eso siempre), por detrás y por delante. Atascada a veces en búsquedas infructuosas que no llevan a ningún lado, salvo al punto que marca el final de la frase. Un punto final que tanto nos cuesta poner, camuflándolo a veces y por miedo, en un punto y seguido. Pero recuerda: en la vida como en ortografía, tres puntos, son suspensivos, y casi siempre es una forma de decir todo sin decir nada. También puedes hacer un paréntesis. Ese descanso para aclarar, o simplemente para desaparecer un rato, un momento, un instante. Todo separado por comas para no dejarte sin aire, pero sin abusar de ellas o entrarás en la espiral de las pausas infinitas. Y hecho este paréntesis del paréntesis, volvemos a dónde lo habíamos dejado. La historia, unida por guiones a la vida, costuras del lienzo que conforma el universo; la tuya, la mía, la de cualquiera, acentuando lo importante, (sin tilde). Casi llegamos al final, que llega tras una coma pero se despedirá con un punto casi final. Y es que esto de despedirse no es fácil, ni comprender lo escrito, porque dependerá de como quieras entenderlo tú, como la vida…
¡Ah! Casi lo olvido. Las comillas jamás pueden quedarse abiertas. A saber lo que se cuela por ahí. Así que…
Cierro comillas