Trenes y barcos

Conoces esa sensación de no ser dueño de tu vida? Esa sucesión de acontecimientos, que de una forma u otra, o mejor dicho, y otra, consiguen que pierdas el control de lo que quieres y puedes hacer. Un cúmulo de hechos, que derivan en dejarte a la deriva, a merced del viento, como un barco que sabe dónde está el norte pero el timón no le deja virar. Así se escapa el verano, como arena entre los dedos, como estrellas fugaces, tan rápidas que si parpadeas no las ves. Más días como los de siempre, como los de todos los veranos, calurosos y planos, viviendo en mi pequeño palacio, sin más horizonte que la calle que me vio crecer. Un barco cargado de ilusiones incumplidas, que nunca llega a puerto.

Quizás debería haber cogido mejor un tren, aunque nunca supe donde estaba la estación correcta, porque os aseguro que se dónde quiero ir, pero no desde dónde partir. Lo más seguro es que ese tren, el mío, ya pasó, y yo sigo allí, año tras año, en el andén, esperando a que el pitido me avise de que debo subir, pero nunca suena. Todos me saludan con la mano, diciendo adiós, rumbo a otros lugares, a otras aventuras, donde doraran sus pieles y descansarán sus cuerpos y sus mentes. Van en busca de eso que llaman desconexión. A saber a que sabe.

Aquí ando esta noche, entre barcos y trenes, agarrado a mi manual básico de emociones, tratando de mantener el tipo para no hundirme, ni saltar a las vías. Buscando entre las palabras y los sentimientos, las razones para seguir sonriendo, y a pesar de todo, os aseguro que las encuentro, pero eso, os lo cuento otro día.

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