Miro hacía atras y te recuerdo. Belleza inalcanzable, ni tan siquiera soñada, porque jamás imaginé que existiera algo tan bello. Desconocidos nexados por el destino, viviendo cada uno su vida, sin saber que caminabamos hacía el punto en que ambas se cruzarían. La seguridad de que la posibilidad de «algo más» estaba de descanso y la tranquilidad de la realidad más cruda, hizo que los nervios se relajaran y perdieran su nombre. Y ahí comenzamos a sumar con poca confianza, recelosos del resultado y más pendientes de los miedos que de encontrar una solución a tanta inseguridad.
Te miro ahora y te veo. Me sigue cegando tanta belleza, que aún sigo soñando pero que ahora puedo tocar. Nuestros destinos caminan de la mano buscando aterrizar en aeropuertos más tranquilos en los que la niebla no esconda los caminos. Ahora queremos más y la situación despierta el nerviosismo, al que intentamos aplacar con todos esos besos que nunca imaginamos que nos dariamos. Sobran mantas en verano y faltan en invierno, esas estaciones por las que ya hemos pasado entrelazando futuros y piernas. Y miramos al mañana, busándonos sin prisa, intentando no imaginar, lo que tal vez, jamás será…