A ciegas (y los sentidos abiertos)

Un antifaz ocultó el camino de baldosas que nos habría de llevar hasta la oscuridad menos temida. Despertó el oído al cruzar la entrada, persiguiendo la música relajante que inundaba una estancia que imaginamos sin acierto y afloró el tacto cuando el agua caliente rozó nuestros poros al lavarnos las manos. Delicadamente, sin prisa, cómo si quien lo hiciera, se lavara las suyas propias y esas mismas manos (creo), fueron el faro que nos guio hasta nuestro lugar. Sentados, intentamos afinar la vista, que perseguía sombras luminosas tras la máscara. Pequeños faros que trazaban un mapa de las mesas que conformaban nuestras cercanías (o eso me parecía a mi). Las voces fueron el ariete de nuestra imaginación, derribando cualquier imagen que creíamos tener de la compañía que teníamos alrededor. Nombres y voces sin rostro compartiendo inseguridades. El menú comenzó a desfilar y con él prendió el olfato. Platos de comida delante de nuestros invidentes ojos que comíamos torpemente, haciendo explotar al gusto, mientras tratábamos de averiguar qué sabores eran aquellos que rondaban nuestro paladar. Un ejercicio de fe y adivinanza, dónde el secreto quedará en secreto. El vino no faltó, reposando en copas invisibles, sólo hechas carne cuando mis manos las descubría. La música no dejó de sonar, ni las palabras que nos acompañaron en aquella historia, hecha experiencia. Fueron asomando las sorpresas que encerraba la oscuridad, erizándonos, emocionándonos, antes de levantar el telón de nuestros ojos y que todo acabara. Y todo esto nos dejó abierta la puerta de la memoria para grabar con una sonrisa una cena llena de sensaciones, de la que aún queda mucho por descubrir…

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