Algún día confesaré, que hago cuando no puedo dormir…

La cama, única testigo de mi insomnio esta noche. Porfiaba con la oscuridad para que me dejara cerrar los ojos. Le pedía por favor, que me concediera la rendición que tanto necesitaba y que mis ojos pedían a gritos. Los parpados no caían, ni siquiera en el engaño del rebaño que traje esta noche. No fueron suficientes las ovejas para ganar esta batalla. Mi mente divagaba. Desde el principio hasta el final, desde el amanecer al ocaso. El día pasado inscrito en el bucle infinito de mi mente. Los mismos hechos, una y otra vez, pasando por mi cabeza en un vano intento de ser cambiados. Una ruleta perdedora que me aturulla y me quita el sueño. Porfío con mis pensamientos, que para cabezones ellos, cabezón yo. No os vais? Tampoco dejo que os durmáis. Y así, una y otra vez. Media vuelta y las sábanas que también quieren juego. Se enredan y me amordazan, deteniendo mi intento de huida, hacía el otro lado de la cama, que ha ido embebiendo a medida que pasaban las horas. No encuentro la postura, ni mi sitio, ni mis sueños, ni dormido, ni despierto. Así que tendré que recurrir al gran truco final, inconfesable y salvador. Pero eso ya os lo explicaré otro día, que no puedo hacer dos cosas a la vez…

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