Con esos ojos

Crecimos a la par, alejados tan solo por una quinta, distancia insuficiente para separarnos. Tú tan frágil, yo tan así, y así seguimos, unidos, frágiles y cada día un poco más egoístas.

Has descubierto a golpe de decepciones a distinguir entre quién si y quién no. Has decidido más con la cabeza que con el corazón, aunque es el corazón quién te ha procurado la verdadera felicidad, colmando tu vida de gente a tu alrededor, atraída por esa belleza que desprendes y que nadie como tú, sabe captar. Fotógrafa devota, extraes de la vida su alma, plasmándola en cada imagen que congelas, en cada instante que atrapas, en cada lienzo que pintas. Sabes encuadrar con maestría el desorden, vistiéndolo de gala para arrancarle una sonrisa. Trazas las líneas que definirán los contornos de cualquier idea, dándole la vida que imaginaste para ella.

Eres paz, eres guerra. Eres mensaje cada jueves, consejo certero, oído incansable y hombro amigo. Eres ternura, corazón y amistad. Eres todo aquello que echamos de menos y luego no valoramos. Eres nuestro premio, nuestra suerte. Eres Pellejera, la Pelirroja, Anica.

Y con esos ojos te miramos. Los de la amistad y el amor.

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Jóvenes refugiados

Olía la mañana a finales de agosto, desperezándose entre el frescor de la noche y la templanza del día que habría de llegar. Cargamos las mochilas de comida, agua y lo necesario para dormir bajo un techo que no es el nuestro, y las descansamos sobre nuestros hombros durante todo el trayecto. Partimos desde la Vereda de la Estrella, serpenteando un camino cuajado de silencio, repleto de paz, iluminado por las sombras que proyectaban los castaños y los robles. El río nos gritaba a lo lejos, única voz entre tanta quietud. Nosotros lo mirábamos desde las alturas, tan bravo, fisgoneando entre los recodos del camino, intuyendo su caudal a través las ramas de los árboles que lo camuflan y se alimentan de él a la vez. Subíamos, paso a paso, lentos, sin prisa, respirando Sierra, haciendo pausas para descansar y asimilar tanta belleza. A lo lejos, el Veleta, la Alcazaba, el Mulhacen, y tantos picos que conforman Sierra Nevada. En la umbría, agua, fruto del deshielo. Pequeños manantiales de vida donde llenar las cantimploras. Sol y sombra entre las zarzas, el sendero marcado para no perderse entre tanta vegetación, las pendientes hasta el punto más alto, el camino hacia la Fuente del Hornillo. La tarde nos recibió cuando llegamos al refugio, y aunque el sol reinaba en el cielo, las alturas no le permitían desprender su calor. Nos despojamos del peso, buscamos leña para encender la chimenea y nos sentamos a charlar, eso que hacemos cuando no hay cobertura y los móviles solo sirven para sacar fotos. Así recibimos la noche, que llegó pausadamente, y nos cubrió con un manto de estrellas, que iluminó el cielo. Miramos hacia arriba, buscando estrellas fugaces y alguna que otra respuesta. Una sola vi de las primeras, ni una encontré de las segundas. Y cuando los silencios pesaron más que nuestras conversaciones, nos fuimos a dormir, refugiados entre piedras que nos dieron cobijo, y recuerdos de juventud.

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Trenes y barcos

Conoces esa sensación de no ser dueño de tu vida? Esa sucesión de acontecimientos, que de una forma u otra, o mejor dicho, y otra, consiguen que pierdas el control de lo que quieres y puedes hacer. Un cúmulo de hechos, que derivan en dejarte a la deriva, a merced del viento, como un barco que sabe dónde está el norte pero el timón no le deja virar. Así se escapa el verano, como arena entre los dedos, como estrellas fugaces, tan rápidas que si parpadeas no las ves. Más días como los de siempre, como los de todos los veranos, calurosos y planos, viviendo en mi pequeño palacio, sin más horizonte que la calle que me vio crecer. Un barco cargado de ilusiones incumplidas, que nunca llega a puerto.

Quizás debería haber cogido mejor un tren, aunque nunca supe donde estaba la estación correcta, porque os aseguro que se dónde quiero ir, pero no desde dónde partir. Lo más seguro es que ese tren, el mío, ya pasó, y yo sigo allí, año tras año, en el andén, esperando a que el pitido me avise de que debo subir, pero nunca suena. Todos me saludan con la mano, diciendo adiós, rumbo a otros lugares, a otras aventuras, donde doraran sus pieles y descansarán sus cuerpos y sus mentes. Van en busca de eso que llaman desconexión. A saber a que sabe.

Aquí ando esta noche, entre barcos y trenes, agarrado a mi manual básico de emociones, tratando de mantener el tipo para no hundirme, ni saltar a las vías. Buscando entre las palabras y los sentimientos, las razones para seguir sonriendo, y a pesar de todo, os aseguro que las encuentro, pero eso, os lo cuento otro día.

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Sujetando el sonido

La culpa la tuvo el cuenco tibetano. Ni la suerte, ni las cartas, ni casi la botella de cava bebida, el cuenco tibetano. Y es que la noche nos confunde, y nos une, como tantas y tantas noches juntos. Cocherazos improvisados, a la luz de la luna, al borde de la noche, invocando al espíritu de la amistad. Fuimos conejillos de indias para una nueva idea culinaria, y el resultado fue que cenamos como los dioses, nada nuevo en nuestras vidas cada vez que Pablo saca su magia cocinera a pasear. Nos regamos con sangría de cava, y entre cotilleo y cotilleo, y preguntas sin respuesta, nos acercamos al momento chinchón. Pero antes, el regalo, atrasado, pero regalo con todo nuestro cariño. Y allí apareció, el cuenco tibetano, brillando bajo la noche, otro deseo concedido de unos Miami para otra Miami. Gema intentó el sortilegio, golpeando el borde del recipiente con la maza, y haciendo girar esta sobre los bordes de este, en un intento por sujetar el sonido que desprendió el cuenco. No hubo suerte y se diluyó entre el ruido de nuestras voces y quietud de la noche. Lo intentó más de una vez, y no fue capaz, huyendo el sonido de sus manos, incapaz de sujetarlo, rompiendo así la magia que esperábamos escuchar. Solo Luis fue capaz de arrancarle ese sonido circular que aguantó sobre los bordes, bailando ante nosotros, sujetándolo con el mazo mientras lo rozaba fuerte contra el cuenco. Ese era el truco para que apareciera la magia. Y esa magia fue el principio del fin de una victoria cantada.

PD: Habrá revancha…

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Entre olas

Arrancamos desde una tarde que abrasaba, dirección escapada, huyendo del sol, buscando un mar de tranquilidad que refrescara nuestro cuerpo y nuestra alma. Nos ahuecamos cerca de la orilla, al borde de las olas, muy cerca del agua y lejos de todo lo demás. Y entre el murmullo del mar volvieron las historias, unas acabas, otras repetidas y alguna por comenzar. Para el futuro, hubo más preguntas que respuestas, dejando todo como empezó. Para el pasado lo tuvimos más claro, concluyendo que tanto amor no puede ser bueno, si con él, abandonas todo lo demás y asfixias al más pintado. Y para el presente…

El presente fue la tarde vivida, los amores perros, la menopausia, los secretos, la tranquilidad; es un baño, una risa, confiar, es una foto, o dos, y tres; el presente es aquello que nos hace felices ayer y mañana, incluso con nuestras mierdas; es un bocadillo, la radler sin alcohol, las porquerías que le damos al cuerpo; el presente es la luna que crece por momentos, el camino de regreso y el de ida también; el presente es todo lo que nos ocurre y que nos cambiará, o no, y que nos contaremos el año que viene, o no, en otra tarde de verano. No, este año no hubo lágrimas, y si las hubiera habido, se hubieran perdido entre las olas.

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Grey

Siempre has sido competitivo, muy competitivo. Y es precisamente ese gen ganador, retador, el que te ha llevado a conseguir todo lo que tienes hoy en día, y más aún, a ser la persona que eres. Aquel pequeñín que eras, camuflado tras una cara de niño apocado, se escondía un gigante que jugaba como nadie al fútbol, inteligente y algo más maduro de lo que debiera para su edad, aunque todo se torció cuando se hizo del Barcelona. Has sacado casi sobresaliente en la vida, formando un cuarteto como familia, donde todos tocan la misma sinfonía sin desafinar ni una sola vez. Con ellos embarcaste en la mayor aventura que uno pueda imaginar, dejando atrás por unos años una vida asentada en España para conocer por unos años, otra cultura, otras gentes, enriqueciendo aún más, una vida ya plena. De lágrima fácil, hace años que entraste en este selecto grupo, pasando a ser un pellejero más. Te has ganado a pulso nuestro respeto y cariño, tapizando de siestas nuestros viajes y alimentando nuestras risas y felicidad. Atrás queda aquel Capitán América que pasó demasiado tiempo alejado de nosotros. Por si aún no te queda claro, te hemos echado mucho de menos. Y ahora… ahora toca volver a estar completos cada jueves, organizando juntos, disfrutando juntos, viviendo juntos. Tienes tiempo de sobra para aprender a jugar al pellejo. Para otras cosas, sabemos que eres el Grey del grupo… 50 años te han visto pasar. Otros tantos te esperan impacientes. Solo deseo que sean tan felices como los ya vividos.

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Un sueño

Esto de los sueños me viene desde niño. Recuerdo, no sé a que edad exactamente, que gané un premio de redacción en mi pueblo, y la historia que escribí para aquel concurso, fue la de un sueño que tuve. Ya desde entonces soñaba, y escribía. Quizás ambas cosas vayan unidas de alguna forma, o quizás sea casualidad, pero lo cierto es, que cada vez que cierro los ojos, sueño, y cada que vez que los abro, mi mente no deja de pensar como describir las cosas que vivo y/o siento, para trasladarlas a un folio. Y soñado o no, el otro día, me encontré con mi padre.

Ocurrió durante la siesta, y como todos los sueños, es una historia inverosímil al revivirla en el mundo real, aunque en mi interior siga teniendo todo el sentido. Si, me encontré con mi padre, en la puerta de mi casa. Iba de amarillo, el pantalón, muy amarillo, tanto como para ser el detalle que hace que no olvide la historia. Nos cruzamos por la acera, y pasó despistado a mi lado. Yo no podía creerlo. Allí estaba, con sus gafas, con sus brazos delgados, con su pose tan suya, tan él. Le llamé la atención. Se giró y me sonrió. Nos acercamos y nos abrazamos. Le pregunté que donde había estado los dos últimos meses, como si estos últimos años no hubieran existido jamás, como si nunca se hubiera ido. Lo único que dijo es que ya estaba de vuelta. Lo último que recuerdo antes de despertar, es llorar abrazado a él, saboreando el momento, pero no impidiendo que se fuera. Quizás sea solo un sueño, quizás haya vuelto de algún modo, o tal vez nunca se haya ido. Vete tú a saber. Solo se que esto de los sueños me viene desde niño.

Gracias papá, por venir a visitarme, aunque sea en sueños.

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Una canción

“Hijos de Caín”. Hace tanto de esa canción de Barón Rojo, que casi me parece un sueño. Ya por entonces tenía mis primeras (o segundas, es que hace tanto) crisis de identidad y faltas de cariño, fruto todo, de mis inseguridades y porque no decirlo, de mi puñetero ego. Pero quién no ha pensado alguna vez que sus padres quieren más a sus hermanos que a él? Tuve que lidiar con el exterior pero más aún con el interior, mi interior, y es bastante jodido, os lo dice alguién que lo conoce bien. No he salido mal parado, creo. Mucha culpa la ha tenido esta cabecita que se empeña en mantenerme a flote, tormenta tras tormenta. Pero el hundimiento sería hoy una realidad, sino fuera por mis amigos y familia. Son ellos, los que desde entonces, sin saberlo, hasta hoy, plenamente conscientes, han soportado a este que os escribe. Vuelvo a la casilla de salida con menos inseguridades, más cansado, pero con las mismas ganas, seguro de volver a errar, porque es la única forma de aprender, pero cada vez con menos miedo, porque estoy seguro de que cuando caiga, allí estarán ellos para ayudarme a levantar. Ya no hay inseguridades, ni ego, menos aún miedos. Solo la claridad de quién recuerda con una sonrisa aquella canción.

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Ibizando

Ahora sí. Por fin podemos decir que Pablo se salió con la suya.

Han pasado años desde Benidorm hasta aquí, dejando por el camino la huella de los Pellejeros en distintos rincones: nuestras risas, nuestras ilusión, nuestra amistad. Hemos recorrido tanto en buena compañía, de norte a sur, de este a oeste, tantos y tantos kilómetros como arena tienen las playas de esta Ibiza que nos ha regalado este presidente, que ya toca su fin. Otro deseo cumplido de uno de los nuestros. No, no somos magos, ni genios de lámparas, pero ponemos todo el empeño para conseguir hacer realidad cualquier cosa que deseemos. Porque de eso va esto. De ayudarnos para crear imposibles, de apoyarnos para que ninguno caiga, de tratar de ser más jóvenes por muchos años que pasen, viviendo y disfrutando todo lo que podamos. Por eso cambiamos los vuelos: para tener más tiempo. Por eso nos atrevimos con una aventura más propia de los 20 que de los 50. Por eso amanecimos la noche en un Universo repleto de música. No tiene precio el disfrute, ni pesadez los años, cuando te rodeas de la gente a la que quieres. Y no, no somos los más jóvenes, pero aquí andamos hoy, Ibizando como si lo fuéramos, porque quizás mañana no podamos, porque quizás mañana sea tarde. Hoy es el momento, ahora es el momento. Somos los que somos, y somos lo que somos, sin miedo a mostrarnos, sin miedo al ridículo, sin miedo al que dirán, gente autentica, maduros inconscientes rodeados de personas buscando aún el sentido a la vida, sin saber, que nosotros ya lo encontramos: Lo tenéis justo a vuestro lado.

Desde esta isla que nos acoge, desvelaros que el secreto de la salud está en tener más planes que vida, así que sigamos planeando, sigamos soñando y sigamos viviendo por muchos años más.

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Baeza y su sentir (sábado)

Despertamos la mañana con ochios y café, intentando evadirnos del sol y la calor, paseando Baeza, buscando se centro más sombrío a la búsqueda del Sentirplaza y los grupos que la vestirían.

Llegamos justo con Vuelo Fidji y su potencia. Conexión perfecta con la gente a la que arrancaron del sopor y de sus cervezas para hacerles saltar y bailar. Tiempo bien aprovechado pada todos. Ventura, Sarria y Bea Miau, quizás no sea en ese orden, alumbraron aún más la plaza, llenando cada recoveco con su música, haciendo las delicias de los comimos escuchando música en directo. Por algo este festival tiene algo especial…

Abrió la tarde Blam de Lam, cuando el sol más apretaba. Todos los que no estuvieron, se lo perdieron, pero fueron el mejor preludio para un último día de música espectacular. Alcalá Norte los relevaron, y con sus letras diferentes y su rock intransigente, apuntalaron la tarde para lo que había de venir. Hey Kid, me sorprendió. Reconozco que no estaba entre mis favoritos y destrozó mi previsión. A sus letras íntimas, frescas, sinceras, les imprimió la fuerza de las guitarras que por momentos lo hacía más rockero que popero. Sorpresa mayúscula. Emergió Zahara de la oscuridad, con su vozarrón. Empezó lentamente, pesando más el espectáculo, aludiendo a sus raíces y los sentimientos. Pero una vez desatada, no paró, llevando el show y la música, a su estadio más alto. Legó el turno de Malmö 040 y otra sorpresa. Estos Barceloneses hicieron las delicias del público, asentando aún más su corta trayectoria con unas canciones conocidas por todos, y su sonido pop-rock reconocible. Se atrevieron con “Algo que sirva como luz” de Supersubmarina, homenajeando a la banda en su tierra. Valientes ellos que salieron bien parados. Incombustibles Dorian, con su eterno espectáculo y sus inolvidables himnos. No hubo sorpresa con ellos, que presentaron cada uno de sus temas antes de tocarlos, restándole ritmo a su concierto. Pero son Dorian y gustan, así que todo perdonado. Tomó el relevo Besmaya, y a pesar de su corta trayectoria, pareció que llevaban toda la vida en esto de la música. Gustaron, llenaron y triunfaron. Y otra sorpresa para añadir. Cerraron We are not Dj’s como se merecía un gran festival. Fiesta, baile y felicidad hasta el cierre.

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