Frío y calor. Un columpio de temperatura que nos lleva durante el día acalorados y nos enfría al desaparecer el Sol. Subidas y bajadas que vuelven loco al cuerpo y hace que nuestras defensas bajen. Nos desabrigamos para soportar las altas temperaturas y olvidamos abrigarmos cuando descienden, dejando entrar todo cualquier virus que quiera atacar. Y como siempre en esta época los ataques son los mismos, resfriados y catarros, que buscan nuestros pulmones con avidez, a través de nuestra garganta, la más débil de nuestras defensas. Nos infectan llenándonos de mocos interminables, díficiles de expulsar, que se agarran con fuerza para no dejar escapar a su presa. Nuestro cuerpo decae, sin fuerzas, haciendo cualquier tarea una misión imposible. Arrastramos nuestras piernas, la espalda casí no nos soporta, y el respirar se convierte en una odisea. La tos intenta arrancar todo la flema acumulada para intentar expulsarla de nosotros como a un demonio y solo conseguimos irritarnos y sufrir aún más. Atascados, nos falta el aire y cuando por fin empezamos a moquear, nuestras nariz se escuece y la tos ya no para, trayendo de la mano al dolor de cabeza. Cama y reposo es lo que necesitamos aunque no lo tendremos, porque las obligaciones no nos permiten luchar como quisieramos contra los resfriados del entretiempo…