Llegamos como salimos, a cuentagotas. Un desfile constante y finito de amigos, devorando kilómetros en busca de nuestro particular Verano Azul. Siempre fuimos los mismos, o casi, y nunca perdemos la oportunidad de escapar en Julio, dando rienda suelta a la diversión y a la desconexión. Nos parecía mentira poder estar allí, huyendo del estrés, de la rutina, de la vida que nos toca durante los 362 días restantes; deshaciendo de nuevo las maletas, sacando de ellas la ilusión y las ganas acumuladas. Así aterrizamos en nuestro castillo de arena, tan lejos y cerca a la vez del mar, y como siempre, fueron los restaurantes, refugio y testigo de nuestra compañía. Comidas y cenas alimentando a unos Pellejeros ávidos de risas, abrazos, confesiones y alcohol. Casi nunca tuvimos el vaso vacío, sólo justo antes de llenarlo, para empezar de nuevo. Fueron los kayaks sufridores de nuestros cachondeo, y aún así, nos llevaron hasta Maro, viaje de ida y vuelta, hacía la costa de Nerja. Pasó España a pesar de algunos, aunque esa victoria no nos llevara a ninguna parte, y entre baño y baño, en un agua desnuda y transparente, jugamos a las cartas, salimos a la plaza con sabor a helado, y comprobamos como siempre, que nunca dejaremos de ser invisibles. Hubo comida, como cada sábado y se volvieron a colar las lágrimas, y el nuevo presidente, asumió su cargo con una ilusión jamás vista. Ilusión y responsabilidad a partes iguales, y un bastón de mando, que no deja de pasar de mano en mano. Y se nos fueron los días, alargando las noches, estirando las horas, tratando de detener el tiempo para no tener que regresar. Misión imposible… Pero creo, que podemos decir, que como siempre, lo pasamos como nunca…