Nuncas y siempres

Llegamos como salimos, a cuentagotas. Un desfile constante y finito de amigos, devorando kilómetros en busca de nuestro particular Verano Azul. Siempre fuimos los mismos, o casi, y nunca perdemos la oportunidad de escapar en Julio, dando rienda suelta a la diversión y a la desconexión. Nos parecía mentira poder estar allí, huyendo del estrés, de la rutina, de la vida que nos toca durante los 362 días restantes; deshaciendo de nuevo las maletas, sacando de ellas la ilusión y las ganas acumuladas. Así aterrizamos en nuestro castillo de arena, tan lejos y cerca a la vez del mar, y como siempre, fueron los restaurantes, refugio y testigo de nuestra compañía. Comidas y cenas alimentando a unos Pellejeros ávidos de risas, abrazos, confesiones y alcohol. Casi nunca tuvimos el vaso vacío, sólo justo antes de llenarlo, para empezar de nuevo. Fueron los kayaks sufridores de nuestros cachondeo, y aún así, nos llevaron hasta Maro, viaje de ida y vuelta, hacía la costa de Nerja. Pasó España a pesar de algunos, aunque esa victoria no nos llevara a ninguna parte, y entre baño y baño, en un agua desnuda y transparente, jugamos a las cartas, salimos a la plaza con sabor a helado, y comprobamos como siempre,  que nunca dejaremos de ser invisibles. Hubo comida, como cada sábado y se volvieron a colar las lágrimas, y el nuevo presidente, asumió su cargo con una ilusión jamás vista. Ilusión y responsabilidad a partes iguales, y un bastón de mando, que no deja de pasar de mano en mano. Y se nos fueron los días, alargando las noches, estirando las horas, tratando de detener el tiempo para no tener que regresar. Misión imposible… Pero creo, que podemos decir, que como siempre, lo pasamos como nunca…

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Rompeolas

Gritan las olas al tocar tierra, dejando tras de sí, un manto de espuma blanca. Murmullo constante de agua, en un vaivén infinito, que trata de mecer al tiempo, para dormirlo y que se detenga  aunque sólo sea un momento. Se deshace el mar al final de su recorrido, y se vuelve a recoger, recomponiéndose, siendo lo que siempre fue y lo que siempre será. El viento, que mueve los hilos elevando las olas, contándolos y dejando caer las mismas aguas, que hace tan sólo un momento, él levantó. Es carne de mareas mientras la Luna mande, extendiendo o acortando sus aguas, bajo el influjo del satélite.

La arena, testigo mudo de travesuras, de amores, de antaños y de futuros. Tierra mojada, húmeda de mar, balcón de horizonte y descanso de viajeros, soporta estoica las embestidas del mar que quiere ablandarla, someterla, pero sólo consigue compactarla, convirtiéndola en masa de futuros castillos. Imaginación e ilusión llenando cubos y moldes, construyendo diques o piscinas, para contener lo incontenible.

Y así pasan la vida, enzarzados en  la eterna lucha, agua y arena, olas contra tierra, discusión sin consenso. Acunándose el uno al otro, porque en realidad, no pueden ser uno, sin ser dos…

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Ruinas

Regresó el primitivo a su playa. Dibujó el perfil del mar, a través de la carretera que lo recorría. Kilómetros de asfalto que alejaban de un lugar, en la misma proporción que acercaban a otro. Escoltado por un horizonte constante, se fue acercando segundo a segundo, atraído por el olor a sal y la parsimoniosa quietud, de aquel tranquilo pueblo. Desembarcó en su Isla, como siempre hizo, y saludó a sus gentes, recogiendo y dando recíprocamente, el cariño que ni siquiera la distancia logró borrar. Palabras, gestos, relatos de vida, que pusieron contexto a aquella nueva visita. Secretos y confesiones, entre las que descubrieron el verdadero valor de algunas personas, y la decepción que dejan a su paso otras.

Volvió el primitivo a su paz, a redescubrir lo que ya conocía, a través, esta vez, de otros ojos, con la misma ilusión y ganas que los de él. Con la compresión por bandera, y el respeto siempre por delante, anduvieron hasta el Castillo, dónde una vez Daneris, dicen que habitó. El Faro giraba sin parar, avisando de la tierra a los más ciegos, y alumbrando la tarde que ya caía. Subieron un poco más, y pasearon sobre la historia. Minas huérfanas hoy de hierro, de las que sólo quedaban restos y ruinas. Un sol ya casi apagado, languidecía sobre ellas, tintando todo de serenidad y belleza. Nos esperaba la Playa de los Muertos, virgen e inmaculada, por los siglos de los siglos. Regresaron, felices, entre sonrisas, sin nada que esconder. Porque el tiempo pasa sin remedio, para la vida, para los hombres, para los sueños y las ilusiones. Los castillos, las piedras, los recuerdos de otros momentos en el mismo sitio, son hoy, ruinas, y comienzos a la vez…

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Nunca te canses de oír

Acabamos como acaban los conciertos, con la luna como testigo, repletos de satisfacción y con el deseo de más, de mucho más, de repetir lo que durante tanto tiempo se nos negó. Pero habíamos empezado horas antes, allí dónde la hospitalidad se hace carne, y la fiesta cobra su significado. Con una barra por bandera, la música desplegó sus alas, convirtiendo una tarde cualquiera, en inolvidable. Unas manos expertas, fueron regalando canciones sin cesar, colándose entre las copas que siempre estaban llenas. Cristales llenos de contenido, que fueron despertando nuestras ganas de seguir escuchando ese Indie, que tanto nos da. Y cargados de euforia, llegamos al Cortijo, y vimos como se obró El Milagro. Retornaron las guitarras, asaltando el silencio que tanto tiempo fue, cubriendo aquel descampado de música, de nuevo. Se notaba que había ganas, sobre, y frente el escenario. Volvieron los puños al aire, los coros al cielo, y la cerveza a brotar. Y amarrados a nuestras sillas, coreamos cada una de sus canciones, devolviendo a la vida unas gargantas que parecían apagadas. Repasaron antiguas y nuevas, himnos reconocibles que nos abrieron en canal y deseamos que aquel concierto no tuviera fin. Y volveremos, a verlos, a Viva Suecia y a otros, porque mientras no nos cansemos de oír, seguirá viva la música…

PD: A Choco, Ana, Gema y Amanda, abanderados del retorno.

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Sábados

Lunes, recuerdos… Se amontonan las ideas en mi cabeza, tratando de hilarlas para que cobren sentido, y conseguir con ellas, que el olvido no se imponga.

Sábado. Despertamos antes que el sol, dispuestos a subir nuestra Sierra, camino de los Lavaderos de la Reina, buscando en ellos, la belleza del deshielo. Paso a paso, ascendimos lomas y picos, dejándonos caer hacia los valles que se escondían tras ellos, resbalando por neveros casi perpetuos y pisando suelos empapados, que lentamente, y con la incesante ayuda de hielo derretido y del tiempo, se transformaran en pequeños ríos, transportando el agua, que no hace tanto tiempo, fue nieve. La naturaleza había marcado aquel lugar, regándolo con el sonido continuo del agua. Pequeños riachuelos aquí y allá, en busca de una desembocadura mayor, y cascadas que rompían un silencio, surcado por el entrometido viento, que borra todo rastro de tranquilidad. La paz de la naturaleza nos envolvió, y entonces apareciste tú…

Sábado. Nerviosismo y miedo aupados a la Honda, junto a la ilusión del primer viaje en moto. Me amarré a tú cintura, seguro de que agarrado a ti, nada malo podría suceder. Nos esperaba el Veleta, meta de nuestro viaje. Serpenteábamos al ritmo de la carretera, escoltados por roca y pinos, cada más cerca, cada vez más alto, agrandando mi amor por ti, a cada metro que subíamos. No había nadie como mi padre. Eras mi ídolo, un casi Dios, que me llevó a la cumbre Nevada, dónde casi tocamos el cielo, allí dónde los deseos se podían cumplir. Quién imaginaba entonces, lo que había de venir…

Sábado. Comimos con mamá, y tu silencio de días, nos arrancó un pellizco en el estómago. De aquel día recuerdo mi enfado hacia ti. Por destrozar el pedestal en el que te había puesto, por demostrarme incasablemente que yo estaba equivocado, cuando ponía la más mínima esperanza en ti. La destrozabas sin remordimientos, desatando en mí tormentas de rencor y de odio, alentando deseos malignos para ti, sin tener que ascender a ninguna cumbre. Ya no protegía tanto tu regazo, y la magia que despertabas en tus hijos, no surtía efecto.  Recuerdo que subí con desgana, pero protegiendo al mediano. Si había de encontrarte alguien, debía ser yo. Y te encontré…

Y te volví a encontrar el Sábado, de nuevo en las cumbres, entre la belleza de la Sierra, esa que tan bien conocías y tanto amabas. Te encontré entre los sentimientos que despertaron en el ascenso, en tu recuerdo, en el paisaje, incluso en el silencio y en la tranquilidad de la soledad que busqué, cuando nadie miraba. Y te encontré, en paz, sin odio ya, con el único deseo de que hayas encontrado lo que buscabas. Y espero encontrarte una mil veces, entre la música, en los libros, en las lecciones, pero nunca más, como te encontré aquel sábado…

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El olvido que seremos

Felicidades otro año más, papá. No estoy seguro de cuántos te hubieran caído, pero si sé, que hubieras dado lo que fuera por cumplirlos. Por aquí todo sigue igual, incluido lo extraño de los años, que parecieran inmóviles, y en realidad no dejan de avanzar. Evoluciona el mundo, y nosotros, aunque no seamos conscientes, pero en este año que ha pasado, hemos sobrevivido a una pandemia, que nos mantuvo confinados, como a ti, pero con la diferencia de que estamos regresando a nuestras vidas lentamente, y la tuya jamás volverá. Esperábamos ser mejores tras este tiempo, haber aprendido a ser más humanos, a ayudarnos más, escuchar y tener paciencia, pero mucho me temo que no es así. Incluso hemos empeorado, me atrevería a decir. Bastaría con que escucharas a nuestros políticos para saber, que seguimos en guerra civil, esta vez sin armas, en este bendito país. Partió en tu busca Alberto Cortez, flotando sobre su música, dejándome tu  recuerdo en cada canción, nostalgia contenida de domingos ausentes de ti. Siempre se van los mejores. La familia sigue creciendo, tu familia, porque siempre serás parte de ella; no en número, pero aquellos nietos pequeñitos que dejaste, son ya adolescentes que apuntan alto, y el más pequeño, va por el mismo camino. Y yo, bueno… encontré otro trabajo, sigo siendo la misma persona nerviosa que era, y en cuestiones de mujeres, ya sabes, soy como Clodomiro, me defiendo panza arriba. Escribí mi primer libro. Estoy seguro que te hubiera encantado leerlo, aunque alguna pega le hubieras puesto. Supongo que seguiría sin cumplir tus expectativas, aunque sé que estarías orgulloso de mi. Porqué tal vez no fui el hijo que esperabas que fuera, pero te aseguro, que te quise como el mejor de los hijos. Y aquí sigo, recordándote año tras año, porque mientras yo siga vivo, tu no serás jamás, ese olvido, que en algún momento, todos seremos…

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Parkour

Miro el paisaje, calculando cómo lo atravesaré, imaginando cada valle, cada montaña, cada obstáculo que deberé salvar, y midiendo milimétricamente, el esfuerzo que tendré que hacer para llegar a mi objetivo. Respiro hondo, hinchando mis pulmones de ilusión, de ganas, cogiendo todo el aire que puedo, mientras froto mis manos de deseo y de reto. Y ahí vamos…
Empiezo por lo más bajo. A tus pies comienza todo. Rozo con mis labios unos dedos pequeños, mientras mis manos rozan tu empeine, buscando un lugar donde asirme, y así poder trepar al siguiente escalón. Esas son tus piernas, cortitas pero fuertes, fruto del esfuerzo diario. Doloridas pero incansables, las escalo lentamente, midiendo cada uno de mis tactos, para no dañarlas más, pero trazando un avance hacia arriba. Me apoyo en ellas mientras me agarro con fuerza a tu cintura, desde donde veo la infinita belleza que me espera aun más arriba. Busco recovecos en cada pliegue de tu piel, para no caer, y porqué no decirlo, para sentir la belleza que esconden. Me aupo, otro tanto más, y ruedo por torso, sintiendo su esponjosidad, y allí quisiera quedarme para siempre, sino fuera porque quiero seguir subiendo. Continúo, llegando a tus montañas. Me siento en ellas, a contemplarlas, y ver el acantilado que dejé bajo ellas, allí donde rompen las aguas de mi deseo. Me recuesto en ellas, cálidas y acogedoras, robustas y preciosas. Las recorro sin miedo, sin pudor, sabiendo que después de ellas, sólo queda el cielo…

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Con nombre de mujer

Acudiste sin pensar, cómo el que no teme nada, seguro de ti mismo. Valiente e indestructible, creías, dolorido y derrotado, el resultado. Fue demasiado visible tu talón de Aquiles, y allí apuntaron las flechas. Diana baja, diana certera. Herida sangrante, herida mortal. Confiaste, pero a veces los actos de fe, no te aseguran el paraíso. Tampoco el infierno, y ya es un alivio, porque bastante cuesta asimilar las derrotas, tanto más, cuando, sólo veías Victorias. Nunca estuvo tu alma Inmaculada, pero tampoco merecías aquello. Justa debió ser aquella batalla, pero después de una noche sin tregua, llegó el Alba, y trajo consigo la Luz que te dejó al descubierto. Las mentiras se revelaron contra ti, y buscaron ser verdades, para tranquilizar su conciencia. Se descubrieron entonces, vacías de contenido, al darse cuenta de que sin unas, no existen las otras. Ahora te buscan, cómo tú las buscas a ellas, para no lanzarte otra vez a la piscina sin pensar, y para no volver a quedar, como un Don Juan sin Inés…

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Sólo ruido

Ya se acerca el Domingo. Retumba en el horizonte, galopando hacía nosotros, retándonos a salir este año, a embadurnarlo de ruido, tras el silencio del pasado. Y aquí, como buenos petarderos, esperamos impacientes los Culleros que llegue la hora de estrellar contra el suelo la ilusión acumulada, la rabia contenida por el año que no pudo ser, juntándola con la de este, y desquitarnos a base de pasión, de crujidos bajos nuestras suelas, de apalear con truenos incansables, a un suelo que pedirá una clemencia, que no daremos. Ya suenan los primeros suspiros, ecos adelantados del jolgorio que vendrá, la extensión de nuestra tradición otro año más. Ya resuenan los petardos, transitando las calles de un pueblo que vive una de sus fiestas grandes, que aunque este año, queden huérfanas de madre e hijo, levantará columnas de humo hacia el cielo, recordándoles a ambos, que no los olvidamos, que todo ese estruendo es por ellos, que las lágrimas son por ellos, que la ilusión es por ellos. Ya se acerca el Domingo, y aunque parezca mentira, lo que ocurre ese día, no es sólo ruido…

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«La buena suerte»

Llegué tarde, justo cuando terminaba el concierto. Fue en el más pequeño de los tres, sin consagrar, para los expertos, claro, y luciendo lentejuelas en una chaqueta negra. Pero aquella “casualidad», en un viernes de Granada Sound, consiguió lanzaros a la senda del éxito, y os encaramó a lo más alto de mis grupos preferidos. Os hicimos caso, y «volvimos» a veros en un Benalfest, donde posé a tu lado, y guardé la foto en “el álbum» de los recuerdos. Aquella noche, entre “expectativas y espejismos» os descubristeis como la gran banda que sois. Ni siquiera recuerdo que Izal cerrara el festival… Vuestras “cartas de navegación» os han llevado lejos. Música inconfundible Shinova, sello personal. Voz clara, nítida, potente, la de un Gabriel, que no sólo canta, si no que da vida a las canciones. Letras profundas, cargadas de vida y de verdad, y un directo, que te hace bailar, hasta la extenuación. Hay grupos que aparecen para rellenar huecos y otros, para mejorar la música. Pertenecéis a los segundos, aunque sois los primeros. Siempre os escuchamos “desde el otro extremo», como “mirlos blancos» buscando una “utopía» que vosotros habéis hecho realidad: mejorar con cada nuevo trabajo. Ahora sois “ídolos», que uniendo “palabras» y vistiéndolas de música, han logrado llegar a nuestros corazones. “Tengo” que deciros, que aún “nos debéis muchas canciones», que las esperamos impacientes, y las recibiremos con “la sonrisa intacta», porque siempre “apostaremos por vosotros». Se que los mejores momentos están por llegar, entre ellos, poder veros en directo. Mientras tanto, seguiremos escuchando y llamando, a “La buena suerte»

PD: A Shinova. Gracias por tantos ratos inolvidables…

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