Arrancamos desde una tarde que abrasaba, dirección escapada, huyendo del sol, buscando un mar de tranquilidad que refrescara nuestro cuerpo y nuestra alma. Nos ahuecamos cerca de la orilla, al borde de las olas, muy cerca del agua y lejos de todo lo demás. Y entre el murmullo del mar volvieron las historias, unas acabas, otras repetidas y alguna por comenzar. Para el futuro, hubo más preguntas que respuestas, dejando todo como empezó. Para el pasado lo tuvimos más claro, concluyendo que tanto amor no puede ser bueno, si con él, abandonas todo lo demás y asfixias al más pintado. Y para el presente…
El presente fue la tarde vivida, los amores perros, la menopausia, los secretos, la tranquilidad; es un baño, una risa, confiar, es una foto, o dos, y tres; el presente es aquello que nos hace felices ayer y mañana, incluso con nuestras mierdas; es un bocadillo, la radler sin alcohol, las porquerías que le damos al cuerpo; el presente es la luna que crece por momentos, el camino de regreso y el de ida también; el presente es todo lo que nos ocurre y que nos cambiará, o no, y que nos contaremos el año que viene, o no, en otra tarde de verano. No, este año no hubo lágrimas, y si las hubiera habido, se hubieran perdido entre las olas.