Se miraba el sol en la piscina, aplacado por el agua, mientras nosotros buscábamos una sombra donde comer y beber. Mesa larga para todos los que habríamos de ser, con arroz y presentaciones de por medio. Baños y bailes, risas y fotos, y la promesa de que al llegar la medianoche nos reencontraríamos. Y así ocurrió. Las pantallas del escenario palpitaban ganas, nuestros corazones anunciaban fiesta y la noche se intuía larga. Sí. Hubo que bailar, bajo los efectos del Jager y de todas las copas que bebimos. Cantamos, saltamos, reímos, disfrutamos y sobre todo, fuimos felices, otra vez, para quien lo haya dudado alguna vez. Así fue, cada una de las noches que nos juntamos en aquella plaza, con cada una de las personas que conocí en Somontín. Esas que son de allí pero su vida les llevó lejos y retornan cada año para no olvidar de dónde son. Raíces arraigadas a una tierra que los ancla para no hundirse jamás. Calles estrechas para regalar sombras, escoltadas por casas blancas con las puertas abiertas de par en par. Ese lugar dónde todos se conocen y el vínculo es tan estrecho como sus calles y abren sus corazones tan de par en par, que es imposible no entrar. Y ahora ya no quiero salir. Supongo que eso tiene la buena gente, que cala enseguida, como la lluvia fina. También hubo comida en la calle, barbacoa en las alturas, y seguro que algún amor de verano, vete tú a saber, porque el corazón y la ganas, las carga el diablo. Pero todo eso lo dejamos para el verano que viene, que de algo tendremos que hablar cuando regresemos.
PD: A mis amigos de siempre y a los nuevos, (ya sabéis quiénes sois). Gracias por abrirme las puertas de vuestro pueblo de par en par.