Deudas

Llegar hasta aquí, ha tenido su historia.  Todo tiene una historia, hasta lo más insignificante. Necesitas prestar atención a esos hechos aislados, a esos pequeños detalles que pasan desapercibidos, pero que son la clave para comprender el conjunto completo, y encontrar los porqués, para entender el final. Y es que la vida, está llena de finales, y todo final, tiene un principio. Comencemos por ahí.

Me crie en un orfanato. Mi madre huyó al tenerme. Había parido una responsabilidad demasiado grande para ella y un coto a su libertad, en vez de un hijo. Y entre acabar conmigo o abandonarme, eligió lo segundo, en realidad, muy parecido a lo primero cuando eres un bebé. Debí tener un padre, de eso no me cabe duda, pero jamás sabré su identidad. Él nos abandonó a ambos. Así que, en realidad, soy la consecuencia de dos abandonos. Jamás conocí el amor. En mi casa (el orfanato) nunca faltó la comida, ni la higiene, ni una cama. Cariño te intentan dar siempre, pero entre el cariño y el amor, hay una abismo, y tampoco estaba yo por la labor encariñarme mucho, aún  menos de recibir amor. Eso quedó abandonado conmigo en la cesta donde mi madre me dejó. Pero esa carencia, aquel vacío, me acompañaría siempre. Niñez, adolescencia y por fin madurez, y todas ellas, inmerso en esa oscuridad. Etapas eternas atrapadas en una falta insoportable, en la búsqueda constante del apego. Nadie supo darme jamás lo que buscaba, así que tuve que buscarlo yo, y eso me condujo, a dónde me encuentro ahora.

Nuestra hija nació rodeada de amor. Tuvo unos padres que desde el primer momento, ella (eso lo sabrían después), fue su máxima ilusión, su principal prioridad. Nada en nuestras vidas era tan importante como nuestra hija. Por el cordón, no sólo le llegaba el alimento que la mantenía viva, creo que también se alimentaba de mi amor por aquel pequeño ser que crecía en mi interior. Caricias enviadas a través de la barriga, roces en la piel, para hacerle saber, que la esperábamos fuera, y que no tenía nada que temer. Y llegó, como llegan la mayoría de los niños, entre llantos, sangre, alegría y esfuerzo. Y lo hicimos lo mejor que pudimos. Siempre fue una niña buena, educada, risueña, feliz, o eso creíamos. Nunca le faltó nada, tal vez ese fue el problema. Pero soy su madre y conozco los ojos de mi hija. Si sabes mirar a los ojos de alguien, puede ser que lo veas de verdad. No podemos escondernos tras los ojos, y los de mi hija, hacia tiempo, que albergaban maldad. Me atrevería a decir, que desde siempre, desde el mismo día que nació, a pesar de nuestra ilusión, de nuestro amor, a pesar de nosotros. Nació rota, y esa es la razón, de encontrarnos en este punto.

Me encuentro amarrada a la cama. No, no estoy secuestrada ni nada por el estilo, ni nadie me ha hecho daño. Al contrario, soy yo que daña a los demás, incluso a mí misma. Por eso me tienen atada. He sido así desde que tengo uso de razón, incluso antes de tenerla, desde siempre, me atrevería a decir. Se que debería querer a mis padres, pero no es algo que salga de mí. Supongo que el amor, como el odio, son sentimientos de nacimiento espontáneo, no se pueden forzar. O se sienten o no se sienten, y yo siento mucho odio. De niña no lo entendía bien y trataba de ocultarlo. Era la hija perfecta, la amiga que todos querrían tener, una niña maravillosa. Pero en mi soledad, tramaba, urdía, como hacer daño, como herir, pero no me atrevía a hacer nada. Fingía querer, camuflándome tras mi radiante sonrisa. Mi madre era la única que intuía lo que había dentro de mí. Pero como madre, no quería aceptarlo, y intentó ayudarme lo mejor que pudo. Pero no fue suficiente. Con la adolescencia, comenzó el daño. Comencé a hacer realidad mis pensamientos. Gatos y perros, fueron las primeras víctimas, luego vinieron los demás, aunque nadie sabe nada. Hasta que me centré en mí. Y por eso me encuentro aquí, por el bien de mi propia salud.

Estudié psiquiatría porque quería conocer a la gente. Buscaba las razones de las personas para hacer lo que hacen, comprender que pasa por sus cabezas para entender que les lleva a tomar una decisión. Me fascinaba el hecho de hurgar en su interior, porque es ahí, dónde habita el verdadero ser. Y no me refiero al alma. Eso es una materia en la que ni siquiera creo. La humanidad está condenada desde su creación por nuestros propios hechos, por nuestros propios pecados. Y quería estudiar, conocer, cotillear la maldad ajena, para llegar a comprender, quizás, porque mi madre me abandonó. Daba por hecho que fue un acto de maldad. Sólo una mala persona, le hace eso a su hijo. Y a la vez, debía agradecerlo. Eso me había hecho convertirme, en uno de los mejores psiquiatras del mundo, y tenía a mi alcance, los peores casos (los mejores para mí). Y en aquella camilla, tenía uno de ellos.

No hay día que pase, que no me arrepienta de haber abandonado a mi hijo. Yo era muy joven y rebelde. Y joven, busqué un trabajo y me fui a vivir sola. Abandoné a mis padres, luego abandonaría a mi hijo. No podía permitirme en ese momento, cuidar de él. No era buena persona, menos aún, podría ser buena madre. Mentiría si dijera que no miré atrás, y todavía hoy sigo mirando. Preguntándome que será de él, que aspecto tendrá y si me odiará por aquello. Ni siquiera sé, si sabrá la verdad. El tiempo me centró. Conocí a una persona y con él, el amor. Pero el destino nunca olvida, y yo debía pagar por mis pecados. Así que cuando decidimos formar una familia, la vida nos regaló una hija. Y todo aquel odio que debía sentir mi hijo, lo lleva dentro mi hija, recordándome día tras día, que queramos o no, todos pagamos nuestras deudas.

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