Lloraba su madre la muerte del hijo sin saber que aquellas lágrimas se tornarían de alegría al llegar el domingo. Bastó la santidad de aquella semana para consumar el milagro. Y es que no hay hijo sin madre, Virgen sin Resucitado, ni Semana Santa sin petardos. Huele este año más que nunca a pólvora y a pan el mayordomo, y abre su casa a la ilusión, a los sentimientos, a todo aquel que quiera visitarla para adorar al niño. Tronaran los petardos, se elevará el humo rellenando los espacios de una tradición que traspasamos de padres a hijos, de generación en generación. Emoción estrellada contra el suelo, devoción elevada al cielo, con el vaivén de las andas que reverencian las creencias que unen a este nuestro pueblo. Tomaremos las calles estallido en mano, escoltando la procesión, reviviendo nuestra fiesta otro año más y no dejando que el futuro, destruya nuestro pasado. Somos hijos de las tradiciones y es nuestra responsabilidad mantenerlas vivas. Así que enfundémonos los pañuelos, carguemos las mochilas de ilusión y hagamos sonar el domingo. Que nuestro sortilegio retumbe en la tierra y en el cielo, para que el Resucitado siga con nosotros eternamente.