Sigue la calor asistiendo nuestros días, constate, irreductible, casi perenne, mientras nosotros mantenemos intacto nuestro deseo de que verla caer, de hacerla huir, de espantarla para siempre, o por lo menos hasta el verano que viene. Tirando de aire acondicionado (quien lo tenga), o ventilador en su defecto, tratando de enfriar el infierno, de apagar ese fuego que abrasa y que consume la tierra y nuestros cuerpos, haciendo que sudemos toda la pesadez de este tiempo estival tan largo. Comenzó hace ya tanto, que apenas recordamos la primavera. Y os aseguro que existió, aunque pasara casi de puntillas. Casas amuralladas, persianas contra el suelo y ventanas cerradas a cal y canto. Remedios de toda la vida, para impedir el paso del sol y su calor, y todo esto a costa de la luz, que la dejamos a su suerte, fuera de nuestros planes y exiliada de nuestros hogares. Un pequeño sacrificio para conseguir sobrevivir a este tiempo pre-desértico. Descansos nocturnos frustrados, sopor incontenible y posturas inalcanzables en la búsqueda constante de un sueño que no llega. Ni siquiera el agua se atreve a asomar, dotando a nuestros pantanos de un vacío que se agranda por días, y acrecentando la sequía en nuestros grifos y corazones. Y ahora que estas temperaturas serán normales y no una excepción en los años venideros, podemos decir, que jamás estuvimos tan cerca de un verano eterno, como el de este año…