Tenía prisa el sol por irse a dormir. Subíamos, curva tras curva, dirección Virgen de las Nieves, y tras la maleza y en cada hueco despejado, tratábamos de inmortalizar a un agonizante sol que buscaba acurrucarse en brazos del horizonte. El cielo vestido de rojo anaranjado aún daba luz, y teñía con su manto de atardecer a una Graná tan bella como las gentes que la habitan. Subíamos, metro a metro, kilómetro a kilómetro, dejando atrás la calor de este verano. Subíamos, y cuánto más alto, más bajaba la temperatura, enfriando una Sierra que nos maravilla en invierno y en verano. Los primos pusieron su música, la de ahora, la que no entiendo, pero la que a ellos les encanta. Y entre Saiko y varios más, llegamos a nuestro destino. Allá a lo lejos, a nuestros pies, Granada. Aquí más cerca, sobre nosotros, La virgen de las Nieves. Y en medio de todo, nosotros. Tío y sobrinos, buscando la noche y con ella las estrellas. Llegaron las motos. Una serpiente de luces en la lejanía dibujando el contorno de la carretera serpenteante que llegaba hasta allí, y allí descansaron. Charlas y risas para romper el silencio y la tranquilidad de una Sierra asaltada. Poco a poco se fueron marchando, y poco a poco, el cielo se moteó de estrellas. Nos tumbamos mirándolo, mientras los primos hablaban de sus planes. Conciertos, deporte, estudios y amores. Abrazos, risas y algún que otro susto por las vacas que andaban por allí sueltas. Yo los miraba y escuchaba como quién tiene un tesoro. Entonces me recorrió un sentimiento que erizó mi piel: era felicidad. De verlos unidos, seguros, disfrutando, felices… Allí en las alturas, más cerca del firmamento y con la noche sobre nosotros, nos miró el cielo, mientras nos arropábamos los unos a los otros. Disfrutamos de las estrellas, y vimos algunas fugaces. Yo pedí un deseo: que siguieran siempre tan unidos. Y mi piel volvió a erizarse…