Todo puede ser eterno, pero al final, nada lo es. Andamos en esa ambigüedad tan de la vida, como lo es la muerte, temiéndola, como se temen tomar esas decisiones, que sabemos que cambiarán nuestro destino. No logramos alcanzar la felicidad, siempre un paso delante nuestro, por la simple razón, de que, no hemos acabado de cruzar una meta, cuando, ya hemos fijado una nueva. Y es que somos carne de cañón. Que sería de nosotros sin la motivación, sin esa excitación que nos provoca un nuevo reto, sin el empuje hacia una nueva aventura. Aunque lo cierto, es que nos faltan motivaciones y nos sobra cobardía, tal vez para detenernos a pensar, a recalcular las rutas a seguir o no seguir, a vivir ya y disfrutar ahora. Tal vez pequemos de inconformistas, desperdiciando el presente, cambiando «ahoras» por sueños, dejando escapar el tiempo que nos ha tocado, por un futuro, que tal vez, jamás alcanzaremos. Porque no es más valiente el que más arriesga, sino el que mejores decisiones toma, y ha llegado el momento de tomar una. ¿Nos detenemos para poder continuar? Porque ahí adelante puede que nos espere la eternidad, pero ya estaremos muertos para disfrutarla…