Faroles sin luz

Las ganas y la ilusión alrededor de una mesa rezando porque las cartas que les toquen vengan cargadas de mates y muestras. Aquí, el que parte y reparte, no siempre se lleva la mejor parte porque es la suerte quién decide. De cinco en cinco se dan cada uno a su manera pensando que tal vez así, las mejores se las lleve él. Todos miran con disimulo, intentando ver alguna carta del de al lado y así cobrar algo de ventaja y pendientes de sus compañeros por si con señas les da alguna pista. Y una vez en tus manos, escondemos las cartas como un tesoro y las estudiamos pensando cual es la mejor manera de jugarlas. Como en cualquier juego, el Postre es lo mejor y en este además, manda más que nadie porque para cuando le toque echar, ya habrá mucho descubierto y podrá decidir que hacer o no. Las manos van pasando siguiendo las reglas escritas y las que no. La incertidumbre de lo que tiene el otro, el dilema de que carta echar, que jugada hacer, es el continuo martilleo, en un afán por desconcertar al oponente y llevarte la mano. Y no todo es lo que parece porque en esas manos en las que te creías perdido, un acto de valentía, un farol preciso, hace que a pesar de no tener nada, los demás crean que llevas esa carta que justo les puede hacer perder. Empiezan entonces toda clase de hipótesis, mentiras probables, que se vuelven realidad en sus cabezas y tiran las cartas al centro rindiéndose a una carta que jamás verán…

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