La sonrisa

Lunes.

Despertó el día arrastrándome a mí con él, abandonando mis sueños a su suerte, mientras mis ojos trataban de abrirse paso entre la claridad de la mañana. Suelen ser los sueños reflejo de nuestra realidad. El cansancio, los agobios, las obligaciones, el estrés, la falta de lugar, o la simple falta…; todo aquello que nos reste felicidad y nos lleve por el sendero de la incomodidad y la infelicidad, tiene el poder de transformar nuestro sueño en pesadillas. Si, por el contrario, vivimos en un estado de tranquilidad, de paz rutinaria, de felicidad propia y ajena, de actitud positiva, conseguiremos que nuestro descanso se llene de buenos sueños. Ángeles y demonios conviviendo en el hueco de la almohada, esperando asomar cada noche al cerrar los ojos. Yo llevaba un tiempo en el que mis demonios ganaban la partida por goleada, y no encontraba ni una sola pluma que me dijera, que algún ángel, había pasado por allí.

Atronaba la alarma del móvil entre el murmullo incesante de la ciudad y yo era incapaz, aun, de alargar el brazo para acallarlo. Me sentía pesado, como los meses, o los años, ya había perdido la cuenta, que se habían vertido sobre mí, como una pequeña película de aceite que te vuelve resbaladizo e impermeable, impidiendo que nada entre, pero tampoco que salga. Yo era como una caja fuerte en la que no había nada de valor que guardar, tan solo indolencia y desesperanza. Así me encontraba y así me sentía, indolente e impermeable a la vida, desesperanzado y huidizo de ella. Quizás no quería reconocerlo, pero mi última ruptura me había dejado tocado, y su ausencia, había transformado mis sueños en pesadillas.

Mascullaba “otro día…” cuando por fin silencié la alarma, y mientras algunas pesadillas trataban de aferrarse a mi memoria, me dirigí al baño, tratando de espantarlas con el agua que lavó mi rostro e intentó espabilar mis sentidos. Traté de sacudirme aquel vacío mientras miraba mi reflejo en el espejo, ojeroso, cansado, e indeciso pensaba: afeitado o café. No tenía tiempo para ambas cosas, y su recuerdo volvió a la vida. Si ella estuviera aquí, no tendría que decidir, porque mientras me afeitaba, ella hubiera preparado el café y lo hubiéramos tomado entre risas y besos. Me engañaba maldiciendo el estrés, maldiciendo el trabajo, maldiciendo los lunes, los martes o cualquier otro día de la semana sin ella, y maldecía la vida que me ha tocado tras su marcha. Pero lo cierto, era que todo lo malo que me ocurría, era porque ella no estaba. Con ella a su lado, nada de esto era malo. Y ahora, necesitaba volver a respirar, a ser feliz, a sentirme vivo.

Entre pensamiento y pensamiento, me vestí, y afeitado, cerré la puerta de nuestro piso. Perdón, de mi ahora piso. Miré el reloj, llegaba justo para coger el bus, y mientras me dirigía al ascensor, repasaba mentalmente, las tareas pendientes. Trabajo, compras, limpieza, deporte y otras obligaciones impuestas y autoimpuestas. Necesitaba mantener mi mente ocupada para no caer en el vacío de su ausencia, ni en los recuerdos de una felicidad a su lado, ahora ficticia, porque si algo tienen los recuerdos, es que los sentimientos que despiertan, son todos mentira. Bajo la piel de lo que fue, no busques la carne que cubría, porque ya no existe. Sólo quedan los restos de un cuerpo deseado al que ahora no puedes tocar, ni tan siquiera ver. Sólo son vestigios del paraíso que habitabas y que ahora queda muy lejos, por muy real que parezca lo que sientes al rozar tu memoria, y es que, como dice la canción: “nunca fue real lo recordado”. “Ascensor averiado”, rezaba el folio de la puerta. “Maldita sea, maldita sea…” balbuceaba mientras bajaba las escaleras de tres en tres, desde el ático dónde vivía. Todo me salía mal de un tiempo a esta parte. Seamos sinceros, justo desde el día que abandonó el piso y mi vida.

El sol me embistió el salir del portal, y entre sus rayos, pude ver el autobús llegar. Corrí para no perderlo, mientras buscaba las gafas de sol. Me las había dejado en casa. En los bolsillos sólo encontré un pañuelo usado, calderilla y, de nuevo, un puñado de recuerdos. Ella siempre me preparaba todo lo que me haría falta al salir de casa, y siempre acertaba, hasta las veces que ponía en mis manos el paraguas asegurando que ese día llovería a pesar del cielo limpio de nubes. Jamás llegué a casa mojado cuando el cielo se tornaba negro, pero desde su partida, era raro el día que no llegaba empapado a pesar de no caer ni una sola gota. “Que mala suerte” pensé mientras pagaba y subía al bus. Tenía coche, pero de ella me quedó la costumbre de desplazarme en autobús. Decía que el transporte público, además de contaminar menos, era el refugio de miles de historias, y si prestabas atención, podrías descubrirlas todas en los rostros de los pasajeros, y quien sabe sino encontrarías a alguien que te salvara la vida cuando más lo necesitaras. Le encantaba cuchichearme al oído la vida que ella imaginaba para uno de nuestros compañeros de viaje, elegido al azar. Era un juego que nos hacía el trayecto más ameno y corto, porque entre risas y complicidad, el viaje pasaba volando, aunque yo deseaba que no terminara jamás. Nos agarrábamos fuerte de la mano para no caer y sentirnos seguros, y nunca imaginé que nos soltaríamos para siempre. Coger el autobús cada mañana era un arma de doble filo. Por un lado, no quería traicionar su recuerdo dejando de hacer algo que a ella le gustaba que hiciese, y, además, eso me la traía a la cabeza cada vez que subía al bus; pero por otro, ese mismo recuerdo me producía dolor, al pensar que lo subía solo, sin agarrones de manos, sin historias que descubrir, sin palabras al oído. Ahora lo tomaba sin ella y por eso lo hacía de mala gana.

Serio y enfadado, busqué donde sentarme, pero fue imposible. El autobús iba completo, y a cada arrancada y frenazo, los cuerpos de mis compañeros de viaje, se golpeaban entre sí, como bolos anclados que nunca llegan a caer. Mi enfado subía peldaños, enojado con el día, la vida, las responsabilidades y su ausencia. Mi malhumor subía de nivel, presa del miedo por el abandono, triste por no saber salir de este pozo y derrotado por no ser capaz de luchar. Me sentía derrotado por mi propia derrota. No sabía cómo escapar de aquella situación, no encontraba la forma, ni tenía las herramientas. Gozaba de buena salud, tenía un buen trabajo, un mejor sueldo, un piso ya pagado, un círculo de amigos envidiable, que me querían y a los que yo quería, y una familia maravillosa, y a pesar de todo esto, me sentía vacío, nada me llenaba, ni me hacía feliz, y aquella sonrisa que siempre me precedió, se tornó en semblante amargado, enfadado con todo y con todos. Para mí, la vida se había vuelto triste, hastía y condenadamente pesada.

Caminaba perdido entre mis pensamientos cuando su mirada me rescató. Nos separaban escasos metros y un mar de brazos en alto, todos agarrados a la barra del autobús, intentando mantener el equilibrio y tratando de impedir que la inercia los derribara. Entre nuestras miradas, se cruzaron cabezas y brazos al son de las curvas, cuerpos extraños que fueron incapaces de desconectarnos durante todo el trayecto. Ella sonreía, mientras me miraba, y yo enrojecía, sin apartarle la mirada. Aquella sonrisa, iluminó aún más el día, y una parada antes de la mía, sin emitir sonido alguno, pude leer en sus labios, “buenos días”. Las palabras resbalaron mudas por su boca, lentas, alegres, sanadoras. Y por un momento olvidé. Por un momento dejé de recordar. Y como por arte de magia, la sonrisa retornó a mi boca, contagiada por la suya, inundando mi rostro de felicidad. Las comisuras de los labios se estiraron, buscando mis orejas, dibujado un arco perfecto y dejando asomar mis dientes, en un ejercicio de risa que hacía tanto habían olvidado. De golpe, la maraña de malos sentimientos se desenredó. Uno a uno, fueron cayendo el nudo de la desesperanza, el enredo de la infelicidad, y el lazo del cansancio. Mi alma se sentía de nuevo libre, sin ataduras, y lo más importante, en paz. Sin esperarlo, se desplegó ante mí una sábana limpia, lisa y suave. De repente, volví a ver las cosas claras, y un nuevo lienzo de descubría ante mis ojos. La vida volvió a latir, al igual que mi corazón, y sentí de nuevo ganas. Ganas de seguir adelante, ganas de sentirme vivo, ganas de ser feliz y hacer feliz a los demás. Ganas, porque las ganas, son las razones que nos mantienen en pie, esa “hambre invisible” que nos lleva a seguir escalando por la montaña de la vida, a pesar de todas piedras en el camino.

 Anunciaron la siguiente parada y ella se dirigió a la puerta de salida. Fue entonces cuando me percaté de su muleta. Se manejaba perfectamente entre la jauría de piernas que la rodeaban, esquivándolas con elegancia y no tropezando ni una sola vez. Y todo, con su sonrisa en la boca. La pierna que le faltaba, no le restaba ni un gramo de belleza y menos aún, de felicidad, que la repartía sin complejos, inundando aquel autobús con su radiante luz. Nos detuvimos y bajó en aquella parada con agilidad inusitada, sin que aquella falta fuera un obstáculo para ella, todo lo contrario, se le veía la persona más ágil y feliz del mundo. La busqué entre la maraña de brazos y cabezas para no olvidar su rostro, y a través de una de las ventanas, pude ver, como me buscaba, sonrisa en mano. No podía dejar de mirarla y ella lo sabía. Sonrió aún más y me sacó la lengua, de forma cariñosa y burlona a la vez, y volvió a hacerme sonreír. No recuerdo como fue el trabajo aquel lunes, ni recuerdo el ajetreo, si es que es lo hubo, ni el estrés, si es que lo tuve, ni me hicieron falta mis gafas de sol. Sólo pensaba en su sonrisa, en cómo me cambió el día y mi actitud, y como unas palabras dichas con cariño pueden borrar enfados, enojos y malos sueños.

Martes y el resto de la vida.

Desperté antes de que amaneciera el día, sin ángeles ni demonios en mi cama, sólo yo. Había descansado como no lo hacía en mucho tiempo y una tranquilidad casi olvidada, me regaba, dotándome de la paz y la felicidad que llevaba buscando tanto tiempo. Me senté a desayunar tranquilo, y mientras rememoraba lo ocurrido, ella volvió a mi mente. Pero esta vez, no hubo sentimiento de culpa, ni pesadez en su ausencia, ni su abandono me causó desasosiego. Mientras tomaba café, pude desprenderme de aquella película impermeable que tanto me había aislado del mundo y de la vida, y a pesar de ser tan temprano, mandé unos mensajes de “buenos días” a mis amigos y familiares. Sonreí pensando que a alguno despertaría con aquel mensaje. Mientras me afeitaba, miraba mi rostro en el espejo, pensando en lo rápido que pasa el tiempo y cuánto lo había perdido yo. Pero la tristeza es lo que tiene: te hace perder lo más valioso que tenemos. Salí de mi casa con las gafas de sol en la mano y me bajé directamente por las escaleras, de dos en dos, rumbo a la calle, directo a la vida, que ya empezaba a despertar otra mañana más. Cogí el autobús, a estas horas casi vacío, y saludé con una sonrisa en la boca, a los pocos que allí estábamos. Algunos respondieron, otros apenas podían abrir los ojos, presas aún del sueño. Pasé el trayecto intentando adivinar la vida da alguno de los pasajeros, y cuando me quise dar cuenta, ya había llegado a mi destino. Una lástima, porque ya tenía casi confeccionada la vida de más de uno. Bajé y fui en su busca. Atravesé la puerta de entrada y me dirigí a ella. Llevaba mucho tiempo sin visitarla, pero no había olvidado el camino. Los primeros rayos de sol comenzaron a asomar y me puse las gafas de sol. Su lápida se tornó de un tono rojizo con ellos. Le pedí perdón por no haberla visitado durante todo este tiempo. El dolor no era excusa para no haberlo hecho, pero me había perdido tras su muerte, y no tenía ni la fuerza, ni el valor para venir. Le hablé de mis demonios, de cuanto la echaba de menos, del dolor que me producía su ausencia y de cuanto sabía yo, que le dolía verme así. Y le di las gracias, por el tiempo a su lado, por la felicidad que me brindó y por venir a rescatarme más allá de la muerte. Le conté que llevaba razón (como siempre) cuando decía que en un autobús podríamos conocer a alguien que nos salvara la vida. Hablamos de mil cosas y le hice la promesa de que volvería a visitarla. El sol lo inundaba todo cuando regresé a la parada. Miré la hora y subí al autobús, sabiendo perfectamente donde debía bajarme. Volví a sonreír. Iba radiante, feliz y en paz, pensando en aquella chica y su  muleta.

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