Aún retumban en el barrio nuestras voces, girando a lomos de un trompo que mirábamos con la esperanza de que nunca se detuviera; embocábamos las ilusiones en aquellos hoyos, tras el matute, claro, abiertos con nuestras propias manos, que quedarían amarillas por siempre jamás. Siempre quisimos tener el pie más pequeño, para poder ganas las canicas de los demás. Pusimos porterías a la calle, y nadie sabrá jamás, cuántas estrellas nacieron sobre el asfalto. Mirabas por aquel entonces a través de unas gafas más grandes que tu ingenuidad, aunque fuiste perdiendo ambas, con el paso de los años. Se fue evaporando la niñez y seguíamos juntos, y tras las bicis y las locuras que hacíamos con ellas, llegaron las motos, y nuevas locuras. Llegó la pubertad y sus excesos. Menos mal que teníamos los After Eight a mano, para poder echarles la culpa. Y seguimos juntos, año tras año, retando al tiempo y sus rutinas, a la vida cambiante de los años, demostrándoles que la amistad lo puede todo cuando es verdadera. Porque a pesar de mis desapariciones, siempre has estado ahí, esperándome, cuidándome en la sombra, por si el trompo paraba, y había que volver a lanzarlo. Tal vez no fuimos los que ganamos más canicas, pero si nos llevamos las mejores, y tu amistad, es el mejor premio. Estamos casi en el ecuador, y aunque ya no haya Californias amarillas, seguimos cometiendo alguna que otra locura, continuamos viviendo, que de eso se trata, y lo más importante, juntos, como buenos hermanos…
PD: A Pablo, a ese amigo que nunca perdí. Te lo repito como tantas otras veces, Te quiero, hermanico.