Lengua de asfalto la que nos condujo hasta una playa que verano tras verano, vió crecer a la mujer que antaño fué niña. Nos recibió el anochecer, entre aplausos de olas y un viento envidioso que quiso unirse, y comenzó a tararear todas esas ráfagas, que sólo el conoce. Melodía de tranquilidad que nos acompañó mientras preparabamos la cena entre brindis de deseos. Sencilla y deliciosa, sin más, y en el balcón se apagó el día, dejando ver las luces de la noche que transformaron el horizonte, en un marco incomparable. Fué nuestra música la única testigo de que el alumno aventajó al maestro, que entre cartas marcadas por el signo de la suerte y una dosis de buena fé, acabó derrotado entre chupitos que lograron transformar lecciones en victorias. Besos para curar heridas y de nuevo el pasado a escena, recordándonos como era la vida, antes de que empezara todo. Y sin querer engullimos las horas y mientras el cansancio tiraba de nosotros arrancándonos de cuajo la energìa que nos quedaba, nuestros ojos gritaron basta, y cayeron derrotados, sumiéndonos en un sueño que no fué mas bello, que el que vivimos despiertos…