Ya huele pólvora, a silencio plano inconfundible de los petardos que no callan, envolviendo todo en un murmullo incesante de humo y estruendo. Vuelve a renacer junto al Niño la tradición a la que transformaron en fiesta de interés para poder sobrevivir al tiempo y a las nuevas leyes, aquellas que no entienden de sentimientos y de todo lo que arrastran. Vuelve el baile, el salto asustadizo del que empieza y la necesidad del que lo lleva haciendo toda la vida, las pisadas envueltas en chinos y explosiones, sintiendo las salpicaduras ajenas como si fueran nuestras. Despertará la mañana a golpe de huevos y cerveza, juntando a su alrededor a los Culleros, petarderos desde la cuna que acompañarán al Resucitado y su Madre en procesión circular, y acabarán como cada año, inclinándose el uno ante el otro sin saber quién reverencia a quién. Vuelven las ganas, el nerviosismo de todos los años, el cielo despejado que siempre nos brinda el Domingo de Resurrección y que une a todo nuestro pueblo en la gran fiesta, bajo un manto de Ruido Blanco…