Nos reclamaba el camino, el que debíamos atravesar para poder empezar. Hace tiempo que comenzó el viaje entre secretos desvelados y cambios de última hora. Abandonamos un crucero que ni tan siquiera llegamos a pisar y nos embarcamos en una aventura aún mayor, pero menos costosa. Fuimos uniendo puntos en el mapa, conjugando líneas ferroviarias y aéreas a través de la Italia que queríamos ver y nos dispusimos a encajarar las ciudades como en un rompecabezas, buscando que ver y donde dormir. Trazamos planes llenos de ilusión, imaginando un viaje hacia tierras extrañas donde descubriríamos un país tan lejano del nuestro y la vez tan parecido. Y entre el nerviosismo y la incertidumbre marchamos de madrugada, a través de la tierra que conducía al aire, ese que nos traería sobre sus lomos hacia el inicio de todo. Un vuelo a través de las nubes, y la familia tocó tierra en Milán. Es curioso como se parecen todas las ciudades y como ese “algo» diferente que imaginas no es tan distinto al de la tuya. Son más las costumbres, el idioma, que la propia cuidad en si. Pero gusta cambiar de aires, respirar otra cultura y pisar tierra desconocida. Trenes y autobuses en un concierto afinado, para unir un país que rezuma historia por los cuatro costados, y unas ciudades tocadas con la varita de la antigüedad que luchan por no perder el tren de la modernidad…