Todo lo soñado

No podía dejar de imaginar. Mis deseos asaltaron mi mente tratando de adivinar el futuro o quizás, era más un anhelo de lo que quería que ocurriera. Pensaba en tus pies, chiquitos, tan lindos, de Cenicienta se podría decir. Siempre tan sexis, desnudos o vestidos, aunque si me preguntas, los prefería vestidos. Y no con cualquier cosa. En esta ocasión, y digo en esta, porque antes hubo otras, podía verte sobre unos tacones negros, altos como siempre, finos esta vez, de punta redonda. Acompañaban con elegancia a aquella falda ajustada corta, que dejaba ver gran parte de tus piernas, acabando justo dónde yo que quería que siguiera. Las medias negras oscurecían tu blanca piel, arrancando el frío de ellas y caldeando el ambiente. Bajo la falda se intuían las ligas y ligueros, despertando aun más mis instintos más primitivos.

Miré el reloj. Cinco minutos para que llegaras y seguí imaginando…

Me acerqué con miedo, con algo de respeto y con todas mis ganas. Una camisa opaca, impedía ver con claridad tu torso. Curvas y más curvas bajo ella. Un paisaje de montañas y valles, culminado por esos pechos que yo ansiaba sin remedio. Los rocé al besarnos. Me apretó contra ella cuando nuestras bocas se entreabrieron, dejando escapar juguetonas las lenguas, que se entrelazaron en ese hueco que queda entre la pasión y el deseo. Nuestros ojos se miraban mientras, uno a uno, desabrochaba los botones de tu camisa. Nuestros ojos se miraban, mientras bajaba la cremallera de tu falda. Nuestros ojos se miraban, mientras mis manos recorrían su silueta y todos sus lugares secretos. Allí, frente a mi, se alzaba ella, sobre aquellas agujas, amarrada a los ligueros, sujetador en mano, pidiéndome…

Llamaron a la puerta y mi imaginación se paró en seco, aunque para mi deseo ya no había vuelta atrás. Me acerqué para abrir algo avergonzado pero deseando con todas mis fuerzas, encontrar tras aquella puerta, todo lo soñado.

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