Secretos

No debería contarlo, pero esta noche haré una excepción. Sólo os pediré que guardéis el secreto… Dormitaba el Ángel en su cama, preso de su prisa, rehén de su condición. Plegó sus alas y sus párpados, y recogió sus oraciones, dejando el perdón para otro día. Hoy tocaba descansar, dejar a un lado la justicia y dedicarse a la nada, que también lo merecía. Ya habría tiempo para la salvación y otras banalidades, que la carne se alimenta de carne, y el hambre conduce a la locura. Pendía de un hilo su espada, y aquel 24 de Junio, también la blancura que lo vestía. Suele ser la necesidad, excusa ineludible y perfecta para cometer pecados, y se dispuso a ello. Aprovechó que los mortales se entretenían en saltar hogueras, esquivando el fuego para no arder con él. Se escondió entre los millones de deseos que aquella noche inundaron los cielos sin saber qué la mayoría de ellos mantendrían su nombre eternamente, y se atrincheró tras la fiesta nocturna y la tradición anual de la noche más corta. Y ocurrió. Nadie se dio cuenta. Fue rápido, sigiloso, astuto. No hubo víctimas de renombre, ni daños que cuantificar, ni siquiera colaterales. Lo sé, os estáis preguntando que hizo. Pero ese es otro secreto que os contaré en la siguiente ocasión…

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