De martes

Día Martes

Hace unos días acabé “El hombre en busca de sentido” volviendo al pasado a través de una historia que no viví, pero que todos conocemos. El holocausto, atravesando la vida de Víctor Frankl, superviviente de la muerte, y pedagogo de principio a fin. Un viaje a través del sufrimiento y de la búsqueda constante del sentido de la vida, a pesar de todo. Fue un regalo doble: como libro y su lectura. Son las razones quiénes nos mantienen en pie. Las respuestas, sobre todo las interiores, porque siempre están en nosotros, dentro de uno mismo, son las muletas que nos ayudan a andar cuando nos quebramos. Y en estos tiempos difusos, necesitamos más que nunca, claridad. De ideas, de fuerza, para ser uno mismo y poder regalar a los demás, la persona que somos. Aparece entonces el segundo regalo, el segundo libro, “Martes con mi viejo profesor”, otra experiencia maravillosa, dónde el sentido de la vida se torna amor y humanidad. En este mundo de pantallas, de “likes”, de estar más con el del otro lado que con quién tienes a tu lado; en un mundo de fotos para mostrar, el postureo como seña de identidad; en este mundo impersonal, frío e impaciente; en este mundo que atrasa por momentos, quizás debamos recordar como éramos para tener claro quiénes queremos ser. El amor lo puede todo, y los sueños junto con la fuerza de voluntad son la palanca. Usemos la bondad para avanzar y creo que todo nos irá mejor. Aprovechemos el tiempo en lo importante para lo importante, y para quién de verdad importa. Elijamos los momentos, las compañías. Charlemos, riamos y lloremos. Vivamos plenamente y no nos despistemos, porque solo tenemos esta vida y no sabemos por cuanto tiempo.

Gracias por los libros, y por estar siempre ahí.

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Los blancos de Cúllar

Blanco nuclear, casi transparente, de ese que cuando el sol toca tú piel, hace daño, y en vez de tostar, tiñe de rojo. Blancos y luminosos, evolucionando año tras año, madurando al son de los golpes, a ritmo de dolor, pero también de alegrías y de deseos cumplidos. Así que el trío, el nuestro y no otro, repitió otro agosto, posando reflexiones sobre la orilla, escuchando y hablando, hablando y escuchando, y jamás juzgando. Las olas iban y venían, como la lágrimas, como los sentimientos, descubriendo otro verano más, que seguimos tan humanos como siempre, tan nosotros como siempre, quizás un poco más jodidos, pero más tranquilos. Cosas de la edad. Pasaron por nuestras bocas nombres de conocidos, restaurantes de postureo a los que no iremos, porque no estamos para esas tonterías, aunque en realidad, no lo estuvimos nunca. Recordamos a los que se fueron pero siempre estarán, y a algunos que están pero como si se hubieran ido. Hubo de todo, hasta frío, quién iba a decirlo este verano. Pero es que la playa, lo cambia todo, hasta el color de la piel, y transforma a los blancos de Cúllar en sirenas varadas, sin cantos, pero con mucho encanto. Y cuando el susurro del mar se hubo atenuado, regresamos sobre nuestros pasos al hogar, más cansados y viejos, pero más felices que al partir.

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