Los blancos de Cúllar

Blanco nuclear, casi transparente, de ese que cuando el sol toca tú piel, hace daño, y en vez de tostar, tiñe de rojo. Blancos y luminosos, evolucionando año tras año, madurando al son de los golpes, a ritmo de dolor, pero también de alegrías y de deseos cumplidos. Así que el trío, el nuestro y no otro, repitió otro agosto, posando reflexiones sobre la orilla, escuchando y hablando, hablando y escuchando, y jamás juzgando. Las olas iban y venían, como la lágrimas, como los sentimientos, descubriendo otro verano más, que seguimos tan humanos como siempre, tan nosotros como siempre, quizás un poco más jodidos, pero más tranquilos. Cosas de la edad. Pasaron por nuestras bocas nombres de conocidos, restaurantes de postureo a los que no iremos, porque no estamos para esas tonterías, aunque en realidad, no lo estuvimos nunca. Recordamos a los que se fueron pero siempre estarán, y a algunos que están pero como si se hubieran ido. Hubo de todo, hasta frío, quién iba a decirlo este verano. Pero es que la playa, lo cambia todo, hasta el color de la piel, y transforma a los blancos de Cúllar en sirenas varadas, sin cantos, pero con mucho encanto. Y cuando el susurro del mar se hubo atenuado, regresamos sobre nuestros pasos al hogar, más cansados y viejos, pero más felices que al partir.

Leer Más