No recuerdo el día que nos conocimos. Sabes que tengo buena memoria y ese momento en que nuestras vidas se encontraron, el punto de partida de nuestros destinos en común, ha desaparecido entre mis recuerdos. Aunque lo más importante de esta historia, está grabada a fuego en mi corazón. Porque lo que los recuerdos pierden, lo encuentran los sentimientos.
Es al pensar en ti que aparece la gratitud. Por estar, siempre que lo he necesitado, pidiéndolo o sin pedirlo; por cuidarme, restando tiempo con los tuyos para dármelo a mi; por escucharme, entre cervezas y consejos, entre charlas interminables en días duros; y sobre todo, por respetarme, tal y como y soy (te ha tocado un cuñado coñazo), a mi y esa larga lista que ha desfilado por mi vida y sin más remedio por la tuya. Siempre con la mejor de las sonrisas, siempre con la mejor disposición, aunque en el fondo no quisieras. Son esa clase de gestos los que definen a las personas.
No, no recuerdo el día que nos conocimos, pero si todo lo demás. Nuestra juventud juntos, instituto, jueves gordos en la era del Carmen, tú con gafas, tú sin ellas, delgadita siempre, con ese punto de seriedad olvidado entre las cervezas que jamás hielan tus manos; conciertos y festivales, viajes, vacaciones y navidades. Porque eres joga, espíritu y búsqueda de respuestas. Inconformismo y cuidadora de tu gente. Madre, de unos hijos orgullosos de su madre. Hija, de una madre que presumiría de la hija que tiene y de un padre que la quiere con devoción. Hermana, de un hermano del que siempre fuiste su muleta y al que quiere como se quieren los hermanos. Esposa, de un marido que se despista en todo menos en lo que más le importa, que eres tú.
Mi cuñada. Toda una vida juntos, aunque el punto de partida esté desaparecido. Y es que quizás haya cosas que no recuerdo, pero siento todo lo demás. Por eso, ese amor que te tengo no es porque seas la mujer de mi hermano, sino porque eres una persona importante en mi vida, que lleva a mi lado, desde siempre…