Fuiste el premio a una noche de fiesta, de esas que tanto te gustan. Llegaste cuando su luz se apagaba y no pudiste ver el brillo que un día desprendió. Te perdiste mil cosas, todas y cada una de las buenas, porque aunque no lo creas, las tenía. Eras demasiado pequeño para comprender porque sólo una de las dos partes funcionaba así que intenté suplir esa carencia, aún siendo también pequeño para aquella tarea. Crecimos juntos, pilotando un carricoche rojo haciendo rallys por el pueblo, viendo como crecías entre los celos de Jorge, que acababan siempre entre peleas, mediando como podía entre los dos. No fué fácil para tí, y sin soportarlo más, decidiste huir, buscando escapatorias peligrosas, y jugando al borde del precipicio. Tampoco fué fácil para mí, ver como fracasé, sin poder ser lo que jamás debí intentar ser, y como te ibas metiendo cada vez más, en aquel oscuro bosque. Como decirte que seguí encendido siempre, esperando que vieras una luz cuando decidieras regresar. Como explicarte que respeté siempre tus decisiones aunque no estuviera de acuerdo con ellas. Como convencerte de que te defendí y te defenderé de todos, aunque no lleves la razón. Es el amor que te tengo, el orgullo que siento de ver en lo que te has convertido, y sobre todo, todo del daño que no quiero que sufras, lo que me hace apaciguarme y no desatar tormentas. Has sido casi un hijo, y siempre, el hermano pequeño, así que podrás imaginas cuanto amor siento por ti…
A mi hermano, Javi, por todas las lecciones que aún le quedan por aprender.