Nos gusta el morbo, la idea de saber, de encontrar, de sacar a luz algo que conocemos o intuimos. Nos quita el sueño lo que no podemos gestionar, aquello que escapa de nuestro control y nos empeñamos en demostrar esa desconfianza que nos martiriza, tanto, como la propia confirmación. Da igual si todo va bien, si somos felices en todo lo demás, debemos sacarnos esa piedra del zapato, aunque tras ello, ya no haya camino que recorrer. Tal vez sea cobarde o conformista, pero lo cierto es que prefiero confiar más y buscar menos, mantener esa felicidad que da la tranquilidad, no poner los límites tan altos, porque sé, que si yo los pongo a una determinada altura, tienen todo el derecho a ponérmelos a mi también. Prefiero abandonar la rigidez de mis actos, poder dar margen de maniobra y pensar bien que decisiones tomar. Hay pocas casualidades en la vida. Todo es un plan para que vayamos donde tenemos que ir, y acabar donde debemos. O tal vez, llevarlas nosotros a donde queremos. Porque la cobardía es un rasgo mayoritario, que nos hace callar por no dañar y tragar sin hambre. Somos imperfectos, supervivientes a toda costa, buscadores de excusas en el callejón sin salida, que jamás nos paramos a pensar, si vale la pena encontrar lo que buscamos, a costa de perder lo que tenemos…