Lo pienso ahora, ahora que ha pasado el tiempo y me he llevado más de un suspenso en eso de aprender a vivir. Yo que pensaba que copiando me iría mejor, descubro que siendo original y pensando por mi mismo, no tengo que echarle la culpa a nadie de mis fracasos y soy más feliz, por eso de la coherencia con uno mismo, que parecerá una tontería, pero no deja de hacerte crecer, aunque sea a golpe de error. Y así, sin darme cuenta, me doy cuenta, de que me necesito más que a nadie, qué la compañía de los demás me es tan necesaria como mi soledad. Que no quiero querer por necesidad ni que me que quieran por obligación. Que mendigar amistad es triste para las dos partes, aún cuando creen que sólo se tienen el uno al otro. Que a veces necesito respirar tan profundamente que me quede sin aire y gritar tan fuerte, que me pierda en el silencio. Sin querer he ido cumpliendo años, rejuveneciendo el espíritu en la misma medida que envejece mi cuerpo, porque sé, que hay que equilibrar la cosa de alguna forma. He descubierto, y esto no ha sido porque sí, a quien quiero a mi lado y de quien me alejo. He aprendido a descubrir impostores, aquellos que intentan encajar en tu vida como piezas de puzzle y sólo son un rompecabezas. Ahora se distinguir el no del sí, y lo que es más importante, a pronunciarlos claramente y con todo su significado. Ya no hay tengo que agradar, ni que cambiar, porque lo que soy es lo que hay (y viceversa) y casi sin querer, me he ido conociendo, lentamente, para no olvidarme de ti, pero menos aún, de mi…